Comida de perros

04 de diciembre de 2018 12:00 AM

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Soy una convencida de que la vida sutilmente te va mostrando lo que necesitas ver y te va llevando donde debes estar. Y fue esa recurrente conspiración, la que me llevó hace un par de días a un barrio de Cartagena llamado “La bendición de Dios” (que creo, como dice su nombre, es lo único con lo que esta comunidad cuenta).

Al tocar la puerta de un enclenque ranchito de estibas y zinc, una mujer de mediana edad me abrió la puerta. Lo primero que vi fue un par de ojos que no disimulaban su profunda tristeza. Lo segundo, fue una niña de aproximadamente seis años, sentada en lo que supongo, alguna vez fue un colchón, comiendo en un plato de peltre que tenía sobre sus piernas, concentrado para perros.

El concentrado no fue comprado en el supermercado, sino que su madre lo cogió de los platos caninos que había en una finca vecina. O sea, la niña se alimentaba literalmente de los desperdicios de los perros. Y pensé: que un perro se coma las sobras de comida que deje un niño, es algo normal. Pero que un niño se coma las sobras de comida que deje un perro, es un verdadero crimen social.

La niña me miró y sonrió de oreja a oreja mostrándome su “esmeyada” dentadura. Supongo que de los muchos roedores de la zona, no llegó hasta su “colchón” el ratón Pérez a recoger alguno de esos dientecitos.

Esa familia y muchísimas más que están en la zona, viven en las condiciones más infrahumanas que haya visto. Me decían que para ellos el agua es “oro”. La suben por la loma con baldes en sus hombros, con la que cocinan y medio se bañan. “No tenemos ningún servicio público, ni siquiera una poza séptica. Así que nos toca a punto de voladores”, me decían. Es decir, hacen sus necesidades en una bolsa y las tiran en una basurero, que a su vez les trae contaminación, proliferación de insectos y enfermedades dérmicas.

Yo quisiera que esto fuera una metáfora, o por lo menos una visión exagerada de la realidad, pero no, es la cruda miseria en la que estas personas viven: sin agua, sin luz, sin baño, sin cama, sin estufa, sin comida, sin nada...

Y otra vez escucho esa voz en mi conciencia que me dice, que como sociedad tenemos una deuda enorme con ellos. Sé que la caridad no soluciona de manera estructural la pobreza multidimensional, pero sí es posible mitigar (así sea por un día) el hambre de un ser humano.

Que estas navidades no sean solo época de pedir, sino también de compartir, de darle la mano a aquellos azotados por la miseria.

Y recordemos, que todas las cosas que salen de nosotros, regresan a nosotros. Así que no nos preocupemos por lo que vamos a recibir, sino por lo que vamos a dar.

*Abogada y analista política.

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