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Columna

De espaldas a la sociedad

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Me hubiera encantado asistir al bellísimo espectáculo que montaron el Procurador y su familia en la iglesia de San Agustín de Bogotá con motivo del matrimonio de su hija.
La música elegida –Schubert, Händel, Mozart– me parece bellísima. En comparación con el repertorio repetitivo y soso que se escucha hoy en las misas, debió de convertir el evento en un delicioso banquete de música sacra.
La puesta en escena de las reminiscencias de un tiempo que ya pasó, como la misa en latín, pero sobre todo celebrada a espaldas de los fieles, a la vieja usanza, nos dan una idea clara de lo que, para nuestro flamante Procurador, debería ser el mundo de hoy. Haber invertido tiempo y seguramente dinero en conseguir una dispensa del Vaticano para realizar la ceremonia a la manera antigua, habla mucho de su influencia y de su talante conservador y ortodoxo.
Que el sacerdote oficiara de espaldas es un símbolo claro, no sólo de la actitud de la Iglesia durante siglos sino de lo que ha mostrado el Procurador General con sus tesis y actuaciones: la mirada fija en su dios y dándoles la espalda a los mortales.
El espectáculo es una metáfora perfecta de la visión que nos quiere imponer. Su vista anclada en el pasado no acepta la realidad de que el mundo no se detiene en el ayer sino que, como dice Machado, hacemos camino al andar. Pretender no sólo que la sociedad no cambie sino que además retroceda es, por decir lo menos, irrespetuoso y ofensivo.   
Comentario especial merece la pomposa y lujosa fiesta ofrecida por los padres de la novia después de la ceremonia. No por la fiesta en sí, ¡ni más faltaba! El señor Procurador tiene todo el derecho de celebrar con bombos y platillos los esponsales de su bella hija. Lo que choca es el contubernio entre los asistentes. Políticos, incluidos algunos de los honorables senadores y senadoras que lo eligieron, la señora Contralora, los magistrados de las altas cortes, quienes lo postularon, los fiscales, los medios de comunicación que supuestamente lo cuestionan.
Hasta el señor Presidente de la República, amén de un largo etcétera de personalidades y personajes de todos los matices y colores políticos que, a la voz de fiesta y convite con lo más granado, están prestos a engalanarse sin importarles si quien invita es o no de sus afectos. Importa asistir, aunque después, como ha sucedido tantas veces, se critique no sólo lo que se vio, sino sobre todo al anfitrión y su proceder como funcionario público.
En Colombia no existe la sanción social.   Muchos, con tal de figurar y estar en el centro del “jet-set” político o farandulero, asisten adonde los inviten, sin mayores reparos.
No me parecería raro que se hayan estado confabulando para perpetuar sus privilegios y un statu quo que hace de Colombia uno de los países más inequitativos del planeta. Más inaceptable sería que ahora también muchos se amangualen con su anfitrión, para darle la espalda a la sociedad y hacerla retroceder.

*Directora del Área de Internacionalización de la UTB

iliana.restrepo@gmail.com

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivos.

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