División conservadora

27 de marzo de 2010 12:00 AM

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El Partido Conservador salió a defender su unidad y la posibilidad de gobernar con una candidata que ha sido ministra o embajadora desde hace 24 o más años. Lanzó una advertencia severa a sus miembros y a la bancada recién elegida: habrá sanciones para quienes rompan la unidad del conservatismo. Y la reacción de “Uribito” no se hizo esperar. “Yo no creo en una disciplina de perros”, repitió Arias desde el jueves. Carlos Rodado Noriega, conservador pastranista y embajador de Álvaro Uribe en Madrid, dio el primer paso y se fue a las toldas de Santos en calidad de jefe de debate. Dio así un primer campanazo de alerta a los conservadores. Una vez abierto el boquete, el ejemplo del exgobernador se convierte en el primer acto importante de la división conservadora. El jueves por la tarde, Santos reforzó la línea de los posibles desertores y dijo que si se cumplen las amenazas de las directivas conservadoras, "tendrían que dejar por fuera a la mitad del partido, que está apoyándonos a nosotros". ¿Hablaba de Rodado Noriega? La división conservadora debilitaría a Noemí. Sin el total apoyo de su partido, se precipitaría hacia su “último fracaso”, pese al apoyo que le están dando Andrés Pastrana y Belisario Betancur. Los conservadores volverían a ser cuotas y no partido de gobierno, en el hipotético caso de que gane Juan Manuel Santos. “Nosotros interpretamos mejor que nadie las políticas del presidente Uribe”, dijo Santos. Y es ahí donde se deshace el sueño conservador de volver a tener presidente a título propio y no prestado, un sueño que el gesto de Rodado y el por ahora no descartable deslizamiento de Uribito hacia Santos ha empezado a volver pesadilla en la campaña de Noemí. Álvaro Uribe acabó de dividir en menos de 8 años al Partido Liberal que había dejado malherido Ernesto Samper. Le sonsacó muchos cuadros, aunque algunos acabaron en la guandoca, comprometidos en la parapolítica. Un liberal que uno no imaginaba durmiendo como mascota al pie de la cama de Uribe, era Rodrigo Rivera, pero decidió quitarse el bigote y las últimas huellas liberales, soñando que quizá Uribe le haría el guiño. Se quedó sin bigote y sin vicepresidencia. Juan Manuel está continuando la obra iniciada por Uribe: ahora le toca el turno al Partido Conservador. No sólo lo va a dividir llevándose a Uribito, por ahora amansado por orden de su partido, pero siempre dispuesto a dejarse llevar a cualquier parte con tal de que lo dejen dormir en el uribismo. Total, Arias no es obra del Partido Conservador sino de Uribe, con quien hizo la primera comunión y con quien quisiera casarse en segundas nupcias. Santos podría frustrar las aspiraciones de Noemí, a quien le tocará mirar hacia el centro y la izquierda democrática, es decir, hacia los Verdes, Pardo, Petro y Fajardo, en caso de que Mockus no se crezca más que ella y sea el palo de la segunda vuelta. La destrucción de los dos partidos tradicionales es algo que no trae ningún beneficio a la democracia pero aporta beneficios a los destructores. Una política hecha con tránsfugas, nunca será una política de principios. Aunque ahora diga que no, Santos va a necesitar la fuerza envenenada del PIN. *Escritor salypicante@gmail.com

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