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Educación reveladora

JAIME HERNÁNDEZ AMÍN

Por: JAIME HERNÁNDEZ AMÍN

19 de Noviembre de 2016 12:00 am

Recuerdo que en el colegio me llenaron la cabeza de todo tipo de información; ciencias, matemáticas, historia, lenguas y religión. Había creado, inconscientemente, un modelo del mundo en mi cabeza, las cosas tal y como eran, no solo académicamente, pero también socialmente; la sociedad era en su mayoría blanca, adinerada y de ‘buen’ apellido. La realidad era una sola y era irrefutable, hasta que en once de bachillerato nos enseñaron algo que desbarataría esa realidad por siempre: filosofía.

Pasé de creer en una versión del mundo a dudar y cuestionar de cada una de sus partes: ¿creó realmente Dios el mundo en siete días? ¿Eran realmente los padres de la patria adalides de la moral? Mi sumisa ingenuidad me limitaba a no ver más allá de lo que tenía de frente, pero había más, mucho más. Crudamente, entendí que no había una sola versión del mundo, sino casi 7 billones de ellas. Cada persona vive su propia versión de las cosas, creada en parte por lo que otros le han dicho que debe creer, y no hay peor ignorancia que pensar que tu versión del mundo es única y absoluta.

Consciente de mi propia ignorancia, salí de la burbuja que me había protegido por más de 15 años, tratando de entender versiones diferentes a la mía. Empecé por conocer más Cartagena y mi minúscula realidad quedó vergonzosamente reducida al ver que la realidad de la mayoría era la pobreza y la exclusión, catalogándome inevitablemente como alguien privilegiado. ¿Por qué yo sí y otros no? ¿Era este el justo orden de las cosas?

Decidí viajar, y mientras observaba que la realidad de Cartagena no era la regla y efectivamente debía cambiar, me topé con un libro de neurociencia que explicaba las funciones del cerebro con un simple ejemplo: si dos gemelos con un ADN idéntico son separados y uno es adoptado por una familia estable y adinerada mientras el otro por una familia pobre y disfuncional, el primero tendría más conocimientos y comprensión del mundo dándole mayores oportunidades de una mejor calidad de vida. Somos producto de la información y experiencias que recibimos mientras crecemos.

Si algo puede hacer una diferencia en Cartagena, es la educación, no para decirnos qué pensar, sino para enseñarnos cómo pensar. La educación, además de hacernos más productivos, nos hace cuestionar el sistema y demandar mejores políticas, haciéndonos más conscientes de nuestra situación y de la de los otros, llevándonos al diálogo en vez de la violencia cuando alguien piense diferente. Lo justo es que todos tengan la oportunidad de educarse que yo tuve. Para cambiar el mundo, no hay que transformarlo, sino cambiar de perspectiva y este es el gran milagro de la educación.  

jaime.hernandez@sciencespo.fr

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