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El carro relumbrón

AUGUSTO BELTRÁN PAREJA

Por: AUGUSTO BELTRÁN PAREJA

17 de Septiembre de 2016 12:00 am

Que mencionaba Daniel Lemaitre en un sabroso porro, se volvió herramienta de trabajo, y emblema de comodidad. El automóvil domina la civilización. Sus usuarios dependen de él, unos lo disfrutan, otros lo padecen. Quienes no lo tienen suspiran por ese sueño. Sin embargo, el amor dispensado al auto no es profundo, ni duradero, tan solo una aventura amorosa, porque el cuento es cambiarlo con frecuencia.  

Esa necesidad vital trae una perversión, un desapego y aburrimiento que impulsa al cambio. Se compra para un disfrute efímero y deshacerse pronto del objeto. Desconcierta su degradación a la categoría de baratija costosa. Aburrirse de él, desechar el modelo viejo y confiable, para comprar “lo último”.    

Cada tanto tiempo, el propietario se cansa del “auto viejo” y empieza a visitar las agencias para lograr un buen trato, adquirir “otro”. Esta actividad, por lo general, no se delega a ningún especialista. Todos somos expertos en inyección electrónica (ya no hay carburadores), suspensiones, rendimientos por galón y otras estupideces que hipnotizan a la clientela.

Hay una contradicción aparente: una pasión intensa por adquirirlo, pero un alto grado de despersonalización, un vínculo efímero con el automotor. Ese breve y transitorio sentimiento que culmina en desechable condición. 

No es un objeto amado, sino una extensión del poder, una prolongación del ego. Los carros y sus dueños suelen parecerse. Al cambiar con frecuencia de vehículo  aumenta la emoción del comprador. Es también la necesidad de sentir nuevos estímulos, un Viagra con ruedas.

Los automóviles han contaminado el planeta con sus gases. Agujeros negros, la capa de ozono casi destruida. El medio ambiente sufre, el clima se emborrachó, los mares crecen y hasta las estrellas del cielo envían tristeza en sus pálidos reflejos.

El creciente número de vehículos es dramático. Altos impuestos para desalentar su abundancia, cobro por usar vías públicas que no existen. Y el deterioro del automóvil por transitar la ruta de un abrupto “Cross country”.

En nuestra ciudad abundan los humildes “zapaticos” de servicio público. Ellos y todos los taxis se niegan a navegar en el sector turístico. Algunos se aventuran mediante un aumento en la tarifa, porque reciben dentelladas del oxido, con costosas reparaciones. La venganza llegó con unas inundaciones a la zona donde hay la mayor cantidad de automotores. Zafra para latoneros, festín de talleres y mecánicos.

La culpa es del  calentamiento del planeta, la posición de los astros, o las mareas locas. El pico y placa, reparar la maltrecha red vial, porque volvemos a navegar en medio de trancones, ahora sazonados con capos y hampones. Manolo y las fuerzas del orden no son los responsables, pero tienen que resolverlo. Abrigamos la certidumbre que pondrán todo el empeño.

abeltranpareja@gmail.com
 

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