El contrato social

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En 1651, el filósofo británico Thomas Hobbes publicó El Leviatán, un clásico del pensamiento político por su claridad, contundencia y utilidad, y también por su valor práctico para pensar y diseñar los estados modernos.

Hobbes argumentó que el orden social radica en la existencia de un ‘contrato social’ mediante el cual los ciudadanos acordamos las normas básicas a las que debemos ajustarnos y que debemos proteger para poder vivir en sociedad. Si no estamos de acuerdo sobre esas normas básicas de comportamiento público, el orden social se resquebraja.

Lo interesante es que ese contrato social no se refiere a la Constitución ni a una constituyente. El contrato social lo creamos, lo mantenemos y lo protegemos los ciudadanos en un esfuerzo constante y cotidiano de acción ética concertada.

Por ejemplo, si un político rompe las reglas de juego, poniéndose injustamente por encima de los demás y sacando provecho de manera tramposa, no deberíamos votar por él sino imponerle una sanción social colectiva por su comportamiento ventajista. Incluso habría que hacerlo, diría Hobbes, por nuestro propio beneficio individual, pues claramente ese político no es confiable, y mal haríamos en ignorar su comportamiento encogiéndonos de hombros, como si no fuera hacerse cargo de nuestro bien más preciado y delicado: el bien común, el nuestro y el de nuestros hijos.

¿Nos olvidamos de cuando un político pasó por encima de las reglas de juego e intentó sacar ventaja de manera tramposa al iniciar ilegalmente su campaña antes de lo establecido? En aquella ocasión la ciudadanía se encogió de hombros cuando el político, sin pudor ni rubor, dijo que la publicidad masiva de su nombre en toda la ciudad no era parte de una campaña política sino de un club de ‘softball’.

Tampoco podemos seguir premiando con la indiferencia ni con el voto a quienes promueven una política y un discurso público del engaño demagógico para que la gente salga a votar “confundida y berraca”. Ni a quienes injurian para descalificar vilmente a las personas y promueven el miedo y el odio hacia el otro, hacia la diferencia. Ni a quienes justifican maquiavélicamente la trampa, el ventajismo y la violencia indolente, justiciera y vengativa en nombre de una seguridad ilusoria, frágil y falsamente democrática.

Nos estaríamos traicionando a nosotros mismos, diría Hobbes, puesto que actuando así abdicaríamos nuestro papel esencial como constituyentes primarios de la ética pública, la que sostiene la posibilidad de nuestra convivencia pacífica. Estaríamos ayudando a hacer trizas el contrato social. 

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