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El edificio

silueta columnista

Por: RUBÉN DARÍO ÁLVAREZ P.

6 de Mayo de 2017 12:00 am

Nunca he estado ni estaré en contra de eso que llaman “progreso”, sobre todo si genera bienestar para todos, sin discriminación. 

Pero no sé por qué desde hace un tiempo siento que hay algo de sacrílego en esa fiebre de levantar edificios en cuanto predio se desocupe en los barrios populares de Cartagena.

Lamento grandemente que muchas zonas que pudieron haberse convertido en espléndidos espacios verdes familiares, ahora se transformaran en terreno de cultivo de enormes torres, que, además de afear el paisaje, agreden la vista de quienes estábamos acostumbrados a las casas de máximo dos pisos de altura y el cielo como única vista.

Muchos no nos dimos cuenta en qué momento nuestros extramuros pasaron de ser agradables asentamientos rodeados de naturaleza, para terminar absurdamente enmascarados por un batiburrillo de edificaciones estrambóticas que aprisionan lo que antes fueron sencillas casas, con patio y terraza, donde la vida transcurría con sosiego.

Pongo por caso el barrio Santa Mónica, que en los años setenta era un silencioso conjunto de quintas enmarcadas por árboles frutales y maderables, donde las aguas pluviales se deslizaban sobre escorrentías que los niños de El Socorro recorríamos atrapando pececillos con las manos, entre los sembrados de juncos y matas de bijao, que a veces nuestras abuelas nos encargaban para tapar el arroz de la tarde.

Esos mismos niños, ahora padres, desconocemos en qué momento desapareció de Santa Mónica aquella quinta donde todas las mañanas comprábamos la leche cruda, envasada en cántaros de aluminio que sonaban como campanas cuando se aproximaba el campero que los traía desde las zonas rurales.

Tampoco supimos en cuál instante --ni de qué manera-- arrasaron la casa quinta lechera e hicieron brotar de la tierra un edificio blanco y gigantesco, como un grosero sirio anunciando el “progreso” que ahora se riega como una mala hora en aquellos territorios que pocos se imaginan lo que nos costó amansar, cuando solo eran potreros inhóspitos en los que a duras penas circulaban los pocos buses urbanos.

Eran los tiempos en que el invierno era una bendición para calmar la resolana, alegrar los pájaros y repintar los montes con un brochazo de verdor festivo. Pero hasta la lluvia recibió su castigo.

La fiebre de los edificios violó sus caminos naturales y la obligó a desbordar las calles, a entrometerse en las casas y a arrasar con todo, incluyendo a los que nunca tendrán para comprar uno de esos apartamentos.

Cuando veo los trancones endemoniados entre San Pedro, Santa Lucía y Santa Mónica; cuando observo la aglomeración de locales comerciales y las mototaxis circulando hasta en la sopa, no puedo evitar preguntarme, ¿en qué momento nos jodieron el paraíso?

*Periodista

ralvarez@eluniversal.com.co

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