Hacia una nueva ciudadanía

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La ética , la ciencia de lo correcto, el imperio de los principios y valores, la que promueve las buenas costumbres, las conductas humanísticas, el ejercicio recto de la autoridad, la cultura de la honestidad y las aptitudes justas, seguirá su curso porque está renaciendo una nueva ciudadanía.

La consulta anticorrupción dejó esa gran enseñanza, y aunque fue hundida en el Congreso “admirable “, demostró que hay una sociedad civil que empezó a rechazar toda forma de inmoralidad oficial y social. Las veedurías han venido contribuyendo en ello, en Cali, por ejemplo, hay un símbolo llamado ETICON, sigla que significa ética, transparencia, integridad, confianza, oportunidad y normatividad, creado por el jurista Hoover Wadith Ruiz Rengifo, CEO ( Chief Execitive Officer, ). Es necesario articular esos esfuerzos.

Hasta ahora, el cálculo mafioso ha tenido una protección casi perfecta, por cuanto el sistema jurídico legitima la falta de castigo, lo que además resulta fortalecido por las actuaciones de funcionarios venales que por dinero, tráfico de influencias u otras circunstancias, producen toda clase de inmundicias que muchas veces, resultan ratificadas y bendecidas por decisiones estatales.

Estas condiciones han hecho que el engendro haya crecido enormemente, deformando el Estado de Derecho, las funciones públicas, penetrado en las conciencias empresariales y sociales, adquiriendo poder y status inimaginables.

La corrupción es un monstruo de mil cabezas, dura de derrotar, sin embargo, creemos que al tiempo que se atacan los efectos del fenómeno, han de atacarse las causas de la misma, por cuanto no se trata de atacar únicamente las manzanas podridas, es necesario atacar el “régimen “, como insinuara el estadista y excandidato presidencial, Alvaro Gómez Hurtado, porque la corrupción es estructural , sistémica y global.

La institucionalidad colombiana ha venido haciendo esfuerzos, por cuanto la persecución de los carruseles de la contratación en Bogotá, del PAE, de funcionarios venales, sin embargo, se requiere además de sanciones ejemplarizantes, enfrentar el fenómeno integralmente. En eso, estamos crudos.

No obstante, la inexistencia de una política pública y criminal para enfrentar el gigante, en Cartagena , aunque de manera selectiva, con la juridicidad existente, se han producido algunos resultados, que nos hace pensar que el blindaje, superprotección e impunidad de los delincuentes de cuello blanco, ha comenzado a ceder un poco.

En ese sentido, con todos los obstáculos existentes, la nueva conciencia ciudadana dará resultados, aplicará sanciones sociales, planteará soluciones de fondo, sentará las bases para diseñar un nuevo ser al servicio del Estado, en donde el ejemplo ético, será la base de una nueva sociedad y de una nueva institucionalidad, que esté al servicio de la humanidad.

El Estado colombiano necesita una asepsia y poderosos antisépticos, que eliminen las putrefactas cañerías de la corrupción, lo cual creemos es posible con unos organismos de control fortalecidos, integrados por personas probas y de una ciudadanía instrumentada, que se comprometa con la institucionalización y la moral pública.

El proceso de concientización ciudadana está en su mejor momento, corresponde planificarlo de la mano de la información y formación política, en las marquillas de soluciones serenas y concertadas.

El propósito suena romántico, soñador, utópico. Lo reconozco, dada la complejidad del problema. Sin embargo, sin desconocer la dura realidad, es preciso colocar en esos imaginativos ideales, una moderada dosis de idealismo para iniciar este proceso transformador.

Para lograr la asepsia propuesta, la sociedad debe producir poderosos antisépticos capaces de neutralizar los gérmenes infecto - contagiosos, que producen la delincuencia institucional, empresarial y social, esto es sacar del contexto actual a esas bacterias humanas.

La ética, madre del buen comportamiento, debe estar precedida de una pedagogía y una práctica permanente, para que sea ejemplo cotidiano de vida, conciencia fundamental de los seres humanos, en donde los centros de formación moral, sean la familia, la escuela, sociedad y el Estado.

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