Historia de un entusiasmo

01 de mayo de 2010 12:00 AM

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Aquellos que usan la red social Facebook, ya deben conocer la oleada que anima a que Antanas Mockus sea el próximo presidente del país. Si el espacio virtual fuese la verdadera contienda electoral, posiblemente su triunfo ya sería un hecho. El fervor por Mockus habla acerca del espíritu de la época. Por un lado, habla de un tiempo en el que la tecnología, con su dominio inmenso, trastocó la pirámide del poder y el conocimiento. Pero sobre todo, habla sobre la fisonomía del deseo de los colombianos. Es reflejo del hastío hacia una tradición política uniforme, basada en instituciones turbias, fisuras de corrupción, y los patrones guerreristas que atravesamos con el presidente Uribe. Porque Mockus personifica algo que es prácticamente inexistente en el país: una verdadera alternativa. Un lugar neutro, alterno, coherente, sensato; un oasis en el desierto. Tal y como Uribe representó en su momento la sed desesperada por soluciones contra la guerrilla, -que partía del hastío contra la violencia del terrorismo- Mockus refleja un tiempo en que los colombianos comienzan a creer que las cosas pueden hacerse de otra manera. Incluso, el uso del color verde tiene un poder simbólico asombroso. Se puede decir que este es el color del siglo, donde son más visibles que nunca las preocupaciones ecológicas, la tendencia hacia lo orgánico y los capítulos históricos inéditos. El entusiasmo hacia Mockus tiene fundamentos fuertes. Más recientemente, hemos presenciado patrones dictatoriales, intercesiones sucias a la vida privada de las personas, y casos de corrupción que traspasan todos los límites del cinismo. Y más atrás también hemos experimentado la posibilidad de volver a andar por las carreteras del país, antes asediadas por la guerrilla, y de atraer la mirada internacional hacia el país. Todo ello, gracias a las gestiones de Uribe. Pero si bien hay una validez innegable en el ardor por el espíritu verde, también es cierto que la historia de todo entusiasmo corre un peligro. Y es que el fervor se exceda hasta el punto de convertirse en un sesgo. Como sucede con todo tipo de extremos. Y el caso de Mockus corre este riesgo. Algunos se han animado a tender una comparación con el presidente de Estados Unidos. Barack Obama representó uno de los saltos más revolucionarios en la historia de ese país. Pero en cierto punto, sin negar los vientos de esperanza nunca antes vistos en un país que hasta bien entrado el siglo XX mantuvo un apartheid aterrador, la razón por la que muchas personas adherían a su causa se debía en gran parte a su raza. El entusiasmo perdía claridad, y el fenómeno Obama terminaba por ser, en algunos casos, un entusiasmo racial y no del todo político. Algo similar puede suceder con Mockus. Al ver en él al mesías que salvará la política colombiana, ignoramos que tal vez estemos adhiriéndonos a un entusiasmo, más que a una realidad. Tener una alternativa es reconfortante, es respirar aire fresco, y tener un sentido de posibilidad, pero habría que tener en cuenta: ¿hasta dónde llega el entusiasmo y dónde comienza el sesgo? *Historiadora periodista y escritora rosalesaltamar@gmail.com

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