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Historias de “la salud” en Cartagena

SARA MARCELA BOZZI ANDERSON

Por: SARA MARCELA BOZZI ANDERSON

11 de Abril de 2017 12:00 am

Escribo con la mano en el corazón, por los que no tienen voz ante los medios de comunicación, y con un dolor inmenso por quienes murieron en la puerta de los hospitales sin recibir la atención médica oportuna.

Todo sucedió el 8 de marzo a las 9 de la noche, celebrando el “Día de la Mujer” en el restaurante Cuzco. Al ir hacia el baño, sufrí un intenso mareo y recibí un golpe tan fuerte, que me abrí la cabeza y sangré mucho. Dicen los médicos presentes que duré inconsciente diez minutos.

Ellos ordenaron mi traslado a Urgencias del Hospital Bocagrande, el emblemático de la ciudad, a donde convergen los mejores médicos. Pero ¡oh sorpresa! No me atienden porque no hay convenio con la Universidad de Cartagena. Sangro mucho y sufro nuevos mareos.

Excúsenme por hablar en primera persona. Quiero estar segura de lo que siento. De repente, se va la luz, y las enfermeras dicen con alivio: “No podemos atenderla”. Pero, - ¿Y la planta?- “No, sólo nos cobijará a partir de mañana.” Sigo sangrando, la cabeza me da vueltas.

De pronto, como terrible presagio, recuerdo al maestro Héctor Hernández Ayazo, quien tampoco fue atendido a tiempo, y falleció en brazos de su esposa. “Si él, que era importante, no logró que lo atendieran en Urgencias, mucho menos me iban a atender a mí”, pensé.

Luego me llevan a la Clínica San José de Torices. ¡Qué diferencia! Enseguida me dan primeros auxilios, me limpian la herida, me cosen con delicadeza, y me hacen un electroencefalograma. Todo está impecable y limpio, y las enfermeras tienen gran calidez.

Al día siguiente, siguen los dolores. Mis médicos particulares me ordenan un TAC. En la Caja de Previsión me envían al Hospital Universitario, y espero varias horas para ser atendida. En Urgencias, en un corredor sombrío, somos más de cien pacientes, todos peor que yo. Todos conservan la calma. Nadie pelea por un turno, ni maldice, ni grita. “Son una lección de vida”, pensé.

Hay solidaridad, y todos celebran cuando le llega el turno a cada uno. ¡Por fin! Me hacen el TAC y 2 horas después tengo el resultado: la lesión es leve, hay que averiguar qué la ocasionó. Los jóvenes neurólogos de la Udecé me examinan con profesionalismo y cariño. Quieren observarme otro día en el hospital, pero no hay camas. Sé que hay pacientes más urgidos que yo. Y a las once de la noche, salí del hospital, donde pasé el día.

Tuve la suerte de caer en manos de los jóvenes de la Udecé, profesionales con vocación y respeto por el otro. De no ser por ellos, seguiría en la incertidumbre, y pensando, ¿quién salvará a la “salud” en Cartagena?
*Directora Unicarta

saramarcelabozzi@hotmail.com

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