Hostias con mermelada

11 de junio de 2018 12:00 AM

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Nuestra patria, eternamente preñada de leyes y oscuros vericuetos jurídicos, parió el 4 de julio de 1991, en la sala de la Asamblea Nacional  Constituyente, una rolliza criatura: la nueva Constitución Política Colombiana, bautizada como la “Carta Magna de los Derechos Humanos” que  muy pronto cumplirá 27 años, sin embargo, aún se comporta  cual insaciable chiquillo, pegado a la ubre de la corrupción y la inequidad que juró combatir.

Durante todo este tiempo, fue sometida a miles de cirugías cosméticas, restaurativas y correctivas, siendo peor el remedio que la enfermedad, convirtiéndose en el deforme y peligrosísimo Frankenstein  que, de nuevo, la clase politiquera quiere practicarle la eutanasia, como ocurrió con la Constitución de Núñez del 5 de agosto de 1896, con el embeleco de hacernos creer que los problemas más serios del país se solucionan fabricando toneladas de normas inocuas, prevaleciendo las hostias con mermeladas, la ley del embudo, y el infalible manual de “marica el último”, escrito por el Dr. Fredy Machado, nadie menos que el arisco y  combativo presidente nacional de Asonal Judicial.

Existen países mucho más justos y equitativos, con minúsculas y  centenarias Constituciones, casi intactas o con escasísimas enmiendas, en tanto la nuestra es una colcha de retazos. Se ha dicho que “el problema no es de flechas, es de indios”, el problema no es de leyes, es de seres humanos con fuerza testicular, capaces de impartir justicia sin tanto perendengue, honrando los Derechos Humanos Fundamentales, protegiendo sin restricciones a los débiles y vulnerables, convencidos de que, la única posibilidad de David para vencer a Goliat, no es piedra en la honda, es la justicia.  

En Colombia, los órganos de control: Procuraduría General de la Nación, Defensoría del Pueblo y Contraloría General de la República, así como la Fiscalía, están en manos de la clase política que  propone o elige a sus dignatarios, de donde salen vasectomisados, incapaces de fecundar  justicia  efectiva y eficiente, convirtiéndose en gigantescos y paquidérmicos monumentos burocráticos  generadores de inequidades, lágrimas, muertes y caldo de cultivo de nuestra eterna violencia.

Jamás olvidaré  a Joaquín, de 16 años, quien, acompañado de su padre, visitaron un millón de veces los juzgados de Cartagena, suplicando de rodillas, hacer  cumplir a su EPS la orden médica para iniciar tratamiento contra el cáncer linfático que lo acechaba. Todo fue inútil…  Cuando en el funeral le preguntaron al padre la causa del fallecimiento de su muchacho, respondió, mordiéndose la lengua: “Porque no tengo un fusil al hombro”.

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