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Donde más daño ha causado, entre nosotros, la civilización del espectáculo, es en la Justicia. El narcisismo publicitario, hasta hace cuatro lustros, no había entrado en los recintos de las altas cortes. Como debía ser, los magistrados hablaban a través de sus sentencias y ponían oídos sordos a la crítica, favorable o desfavorable, de los interesados directos y de los medios de comunicación que no fueran dechados de imparcialidad.
Con la nueva Constitución, que introdujo cambios fundamentales en la estructura de la Justicia, la tentación de renunciar al renombre y engolosinarse con el revuelo, gracias al atractivo de la pantalla chica, la radio y las letras de molde, enloqueció a los jerarcas y contribuyó a estimular pugnas internas que terminaron en un juego de carros chocones tanto en los mecanismos de funcionamiento como en las decisiones de fondo.
Al poder de las jurisdicciones se sumaron, de mala manera y hasta con fines proditorios, el afán de protagonismo y de figuración en las dos Cortes, los dos Consejos, la Fiscalía la Procuraduría. Por eso hay fallos filtrados por los mismos despachos de los altos magistrados, entre otras cosas para que los medios promuevan la decisión si alborota a la galería. A las redacciones llegan los borradores por el correo de las brujas, o se entregan a escondidas en un almuerzo de “trabajo”, en el cual el reportero le dice al ponente a la hora del postre: “Este es un fallo histórico”. Y el consentido de la posteridad responde: “Dígalo así, en su momento”. ¡Revuelo!
De ese modo se escribe ahora la historia judicial del país. Casos se han visto en que la Constitución no se reforma por medio de un acto legislativo, sino por sentencia anticipada con etiqueta de “chiva”. Por ese atajo estamos acabando con los principios universales del derecho y convirtiendo las instituciones en tablas de comedia benaventina. Hoy se ensañan en los derechos adquiridos y mañana se parrandean otra garantía. La majestad de la Justicia sucumbió a la publicidad en beneficio del escándalo informativo y de conveniencias oligárquicas que se atizan o se remuneran desde la penumbra.
Mientras la crisis sea de comportamiento y no de reglas, y mientras a la opinión se le intoxique, manipule y desinforme, la Justicia no será garantía democrática de estabilidad, ni jurídica ni política, y sí, en cambio, un poder de hecho en el que prevalezcan los instintos de dominación sobre las competencias. Seguirán, por consiguiente, emulando las vanidades, bajando la confianza ciudadana en los jueces, devaluándose las corporaciones y chocando las tres Ramas del Poder.
Pero, cuidado, que, como lo advirtió don Juan Montalvo, las naciones que se compongan de galileos y samaritanos, de güelfos y gibelinos, de abencerrajes y zegríes, caminan a su ruina.

*Columnista
carvibus@yahoo.es

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