Karen

08 de diciembre de 2018 12:00 AM

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Karen tiene ojos de golondrina triste. En esos círculos negrísimos se percibe un álbum de horrores que no ha dejado de aullar en su memoria. Aunque se le diga que lo siniestro ya fue arrastrado por el viento de la solidaridad, el hierro candente de la pena sigue tatuado en lo más hondo su esencia.

No ha cumplido los 18 años, pero desde los 12 aprendió que, entre veces, la vida se muestra como un espantajo nauseabundo: las manos y la virilidad energúmena de un pariente cercano desgarraron de un solo tajo los pétalos de su infancia.

El hecho se repitió varias veces, hasta que denunció al agresor, pero la madre --ignorante y maldita-- respondió con insultos y bofetadas contra esa niña mentirosa que no respetaba a sus mayores.

La escena de la progenitora increpando y golpeando se reprodujo una docena de veces. Karen decidió callar para siempre. Un para siempre que se mantuvo hasta que encontró los oídos que andaba buscando.

Varios vecinos --tan reprimidos, resentidos y extraviados como ella-- la escucharon y le creyeron. Su historia era similar a la de muchos en el barrio, solo que ya habían marchitado sus lágrimas aspirando inciensos y polvillos inventados por el demonio para ilusionar con una vida menos dura.

Karen no supo –y todavía no sabe— en qué momento se entregó en cuerpo y alma a las celebraciones de las esquinas; no supo en qué hora se enredó en la espiral de un desenfreno en el que terminó trocándolo todo con tal de hundir los recuerdos en lo más profundo de la inconsciencia.

Solo sabe que los compañeros de desgracia se alejaron. De pronto, se vio sola en medio del mismo abandono que le llegó en forma de bofetadas cuando trataba de llamar la atención de la madre. Ahora su agenda era conseguir monedas con que continuar intoxicando los fantasmas que, noche tras noche, le pellizcaban los talones.

El cielo se convirtió en su techo. El pavimento en su cama. Nadie volvió a escucharla, cosa que poco le importaba. Su siguiente meta era cesar la existencia en algún callejón de la miseria. Pero nuevamente encontró los oídos que andaba buscando.

Un día despertó en la camilla de un hospital, atravesada por agujas y mangueras que pugnaban por derrotar la muerte. Otro día estaba haciendo parte de un grupo de jóvenes, quienes, como ella, conocieron, desde temprano los peores círculos del infierno. Unos días después se vio guerreando entre la ansiedad y la buenaventura.

Karen optó por lo último. Sus ojos de golondrina triste dejaron de mirar hacia la nada, para reconocer en otros niños el karma de sus amaneceres. Sus recomendaciones son bien recibidas entre los antiguos vecinos, porque habla desde la experiencia de sus pocos, pero largos años.

Ahora no se derrumba inconsciente, duerme. No vuelve en sí, se despierta. No alucina, sueña. Solo le falta deshacer, con la daga del perdón, el veneno que aún anida en su memoria.

*Periodista

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