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La ciudad del “griego”

DANIEL CASTRO PEÑALOZA

Por: DANIEL CASTRO PEÑALOZA

24 de Septiembre de 2016 12:00 am

Desde Cartagena me llegan sonidos que no son propiamente emitidos por aquellos tambores que tocaban con destreza nuestros aborígenes del Caribe, considerados por la historia como diestros guerreros que supieron luchar contra las calamidades del enemigo.

Los sonidos son de muerte, luto, dolor. Es la voz de una comunidad que clama mayor protección de un estado que dentro de los linderos del Corralito de Piedra, está partido en dos pedazos, y de cuyo fraccionamiento emergen las dos ciudades que solo conocemos quienes nos levantamos todas las mañanas de otros tiempos escuchando la voz gangosa de aquel vendedor callejero que gritaba: “¿Es que no me ven o es que no me oyen?”.

La alusión al “griego” no está fuera de contexto. A este hombre de cara redonda y sonrisa picaresca lo conocían desde la punta de Castillogrande hasta los sectores limítrofes con Turbaco, y no porque tuviera el don de la ubicuidad ni porque ejerciera su labor diaria en la ciudad entera, sino porque a fuerza de la costumbre, se convirtió en una leyenda y un referente aún vigente.

Como traslapado en el tiempo, el pegajoso pregón del “griego” pareciera ser un símil del lamento de nuestra gente estoica que pide a gritos ser vista y oída por las autoridades, en una Cartagena que dista años luz de la comarca floreciente de principios del siglo pasado cuando el crimen de un dentista en su consultorio de la Plaza de los Coches o, más tarde, la aparición de fantasmas en los paredones del sector de Santo Domingo, eran hechos poco frecuentes y la comidilla de la grey por largos días.

La de entonces era la Cartagena de los bollos de mazorca o de angelito a la hora del desayuno, la del higadete o la carne ripiada a la hora del almuerzo, la del peto caliente y los panes de piñita en la mesa a la hora de la cena. Luego apareció el “griego” con sus galletas caseras, y su proclama diaria, que parecía resumir el descontento de una ciudad que comenzaba a caminar por las sendas de la descomposición social.

Era la época de los desplazamientos masivos de personas por actores como la guerrilla o los paramilitares en la Costa Caribe y otras zonas del país. Cartagena, la ciudad hospitalaria y acogedora, se llenaba gradualmente de gentes de otras idiosincrasias y culturas ante un gobierno nacional que poco hizo por paliar el problema. El “griego” seguía lanzando su arenga. Nadie lo veía. Nadie lo oía. 

Después llegaron los denominados mototaxis, una alternativa de transporte para centenares de personas de escasos recursos. Pero la solución de muchos se convirtió en el problema de todos. Cartagena está atiborrada de jefes de hogar que viven de esta actividad. La otra Cartagena está a merced de la delincuencia que se fomenta a través de ese medio de transporte irregular.

¿Hace falta otro “griego” para que las autoridades vean y oigan?
 

 

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