La farsa del victimario

19 de junio de 2009 12:00 AM

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Había resuelto no ocuparme del asesinato que consternó a los habitantes del Departamento entre fines de mayo e inicios de junio. Pero, la sindicación que se hizo en Piedecuesta en contra de Johana Andrea Macías como autora de filicidio ha derribado mi resistencia, entre otras razones porque he advertido rasgos comunes en el patrón de conducta de los victimarios, partiendo de la ocultación de la víctima con la intención de extraviar las evidencias y confundir a los investigadores, que percibieron, en principio, un desaparecimiento con fines de extorsión. Además, ante el público que sigue el drama a través de los medios de comunicación o que se acerca a los parientes cercanos, los victimarios se mostraron compungidos e interesados en esclarecer el itinerario y móviles de los supuestos secuestradores. Pero tanto esforzarse para esconder la realidad los hizo incurrir en contradicciones que terminaron por delatarlos. En el caso de Sincelejo el criminal admitió, sin resquemores, la comisión del delito. En cambio, la de Piedecuesta negó la acusación, a pesar de que las evidencias conducen a su autoría. Descubierta la farsa, aflora el resentimiento de la turba que creyó en la treta de los victimarios, no sólo por la premeditación y sevicia con que cometieron el delito, sino por el engañó a que sometieron a la comunidad, hasta el extremo de haber quienes exculpamos y exhibimos solidaridad con los asesinos. Nadie se perdona la ingenuidad de haber adherido a la causa de los embaucadores, haberse dejado convencer por sus lágrimas y aspavientos. Es como si la conmiseración inicial que sentimos hacia los acusados nos convirtiera en indignos y cómplices de ellos, de modo que para expiar esa culpa necesitáramos aniquilar la solidaridad que expresamos, intentando hacer justicia por propia mano, de ahí que apelemos al intento de linchamiento contra quienes nos indujeron en el error de juicio, como lo revelan las imágenes transmitidas por los noticieros de televisión, tomadas mientras los inculpados salen de las salas de audiencia. Pero producida la sentencia contra el monstruo y concluido el sepelio del agredido, el drama será olvidado. Se diluirán la exaltación y la ira, de modo que volveremos a la cotidianidad, quizás a esperar que otra monstruosidad nos saque del letargo al que nos sometemos tras inmiscuirnos en mundos fantásticos, como el que nos ofrecen los dirigentes políticos o los cronistas deportivos, de modo que, aunque sean remotas las probabilidades de clasificar al campeonato mundial de fútbol u obtener prosperidad para todos, nos convencen de que somos capaces de revertir imposibles. Estas desgracias, que se repiten cada vez con mayor regularidad, tienen como causa el desquiciamiento de la cordura y la eliminación de los límites del deseo. Averiguar por qué no resistimos ni admitimos frustraciones es una tarea que deben emprender las autoridades, en especial el Ministro de Protección Social, ojala con juicio y sin alharacas. Esa sería una buena y beneficiosa actuación. noelatierra@hotmail.com

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