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La muerte en la calle

CARLOS DÍAZ ACEVEDO

Por: CARLOS DÍAZ ACEVEDO

12 de Octubre de 2016 12:00 am

“La muerte en la calle” es el título de un cuento del escritor, poeta y político barranquillero José Félix Fuenmayor, cuyo protagonista es un vagabundo que vive en una cuevita a la salida de la ciudad casi en el monte, de lo que encuentra y lo que le dan en la calle, y de la voluntad de Dios. Es la historia de un hombre con la piel en los huesos, con pantalones rotos, que no conoce un muchacho bueno ni un perro malo, tampoco a su papá, pero sí a su mamá, quien murió muy pronto, a la que le gustaba trabajar, trabajar y trabajar y verlo jugar. Es la historia de un hombre sin nombre, quien no pudo llorar la muerte temprana de su mamá porque su tío, quien también lo abandonó, le dijo que los hombres no lloraban, que no fue zapatero aunque del cielo le cayera una horma de zapato, cuyo trabajo es caminar por las calles, donde la muerte un día lo sorprende.

En las salidas de la ciudad, de esta y otras ciudades, en el puro monte, cerca del Cerro, del Caño, de la Ciénaga, pero también en el campo, cada vez más veo hombres, pero también mujeres, como el personaje del cuento; huérfanas, muchas veces de madres y padres vivos, que perdieron su gente, su mesa para comer, su patio, su cama, su casa, su baño para… Que viven en la calle, bajo los puentes, en cuevas, huecos, hoyos, cambuches, jardineras o terrazas bajo la voluntad de Dios y la indiferencia de la mayoría de los humanos, especialmente de las autoridades y funcionarios que no funcionan. Que viven de lo que los caballerazos y las damas les dan, lo que el poder de sus palabras logra conseguir, lo que recogen y venden en las chatarrerías, lo que  encuentran y cogen a su paso, de los cambalaches, de la comida y de las drogas que consiguen y consumen en las ollas.    

Cada vez veo más jóvenes, casi niños, como el personaje a quien los perros les ladran, los pelaos les hacen maldades y las madres mencionan a sus hijos para meterles miedo, hagan caso o se coman la comida. A hombres y mujeres sin nombres, pero sí con apodos e historias que pocos conocen, escriben y cuentan, personas reseñadas por la Policía, la Fiscalía y Medicina Legal. En el cuento y en la realidad local y sectorial no veo a las secretarías del Interior, Educación, Participación, ni al IDER, DADIS, IPCC o ICBF interviniendo.

Cada vez más veo personas vagando por las calles como si estuvieran vivas y están muertas sin saberlo, como en el cuento de 1967. La muerte, no siempre natural, las sorprende ayer y hoy en la vía pública sin darse cuenta. “El mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el sesenta y siete y en el dos mil dieciséis también”, diría hoy el tango “Cambalache”.

*Lingüista, Literato y Comunicador para el Desarrollo

Puntos_de_encuentro@hotmail.com

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