La nueva guerra

11 de julio de 2018 12:00 AM

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Cuando los caballeros teutones en el lejano 1414 rechazaron la solución del rey de Polonia de repartir por la fuerza el territorio en disputa, estalló una guerra entre el Gran Ducado de Lituania y la orden teutónica que se llamó la Guerra del Hambre por la práctica de ambos bandos de destruir cualquier vestigio de cultivo, una táctica impiadosa de “tierra quemada”.

En ese conflicto todos perdieron porque causo una grave hambruna y una epidemia de peste por toda Prusia. Hoy, 705 años después, el mundo entero sigue sufriendo una calamidad vergonzosa que se ha vuelto una verdadera guerra, una nueva guerra que causa millones de muertes sin disparar un solo proyectil.

Solo con las armas del desperdicio de alimentos, de la injusticia social, y de la indiferencia del hombre hacia su hermano más necesitado. Estamos creando una sociedad de obesos de un lado y hambrientos subdesarrollados del otro. Estamos construyendo un país de gente incapaz de desarrollar funciones productivas ni cognitivas, cuya única culpa es la de ser pobres.

Llegué a Colombia en el año de 1968 y desde el principio tuve que ver con todos los estratos y todas las razas de este ahora mi más querido corralito, y como ayudante de dirección de la película “Quemada”, me toco interactuar desde los primeros días con los negritos de la boca del puente y las familias de Chambacú, ‘corral de negros’, los indios zenú, de Tuchín, popularmente llamados tuchines, y los de la clase alta, los blancos que interpretaron papeles de criollos y españoles en la película.

Ya desde esos días se sentí la brecha tan infranqueable entre las clases, aunque en Cartagena hay un cierto paternalismo con los afrocolombianos: una mujer bonita es una negrita linda y a muchos blancos les apodan cariñosamente negro o negrito; a los cartageneros les encanta la cumbia, que es negra por el ritmo del tambor; pero la realidad es que los más pobres de la tierra son gentes de color.

Y aunque mi ciudad tiene fama en el mundo por sus callecitas coloniales y por su turismo de cruceros, por la visita de millones de extranjeros y colombianos, hay una realidad vergonzosa: hay gente, y mucha, que se acuesta sin haber probado bocado porque el hambre acecha a miles de cartageneros y desplazados por la violencia e inmigrados de la hermana república de Venezuela.

Pero esto ya no lo vamos a permitir ustedes y yo, ya que por medio de esta tribuna y de esta obra maravillosa que es el Banco de Alimentos de la Arquidiócesis de Cartagena, estamos declarándole una guerra sin cuartel al crimen más grande que la humanidad está cometiendo: la falta de alimentos básicos en un mundo que desperdicia millones de toneladas de alimentos.

“(...) hay una realidad vergonzosa: hay gente, y mucha, que se acuesta sin haber probado bocado porque el hambre acecha a miles de cartageneros y desplazados por la violencia (...)”

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