Malecón

11 de junio de 2017 12:00 AM

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Casos hay en que la distancia no rompe los lazos con la patria. Al revés, los estrecha más bien, porque abundan los incentivos para llevarla presente en la ausencia, gracias al oficio, la cultura, las aficiones, los movimientos sociales y las novedades de la dinámica hipermoderna. La naturaleza, además, es parte de la seguridad que nos obsesiona por lo que representa su integridad como patrimonio del universo y fuente de vida sana.

Se me ocurrieron estas variaciones al terminar la lectura del libro de un joven profesor colombiano del Hispanic Studies Department de Brown University, Felipe Martínez Pinzón, intitulado Una cultura de invernadero: trópico y civilización en Colombia. Para usar sus propias palabras, la obra es el fruto de cómo se piensa el trópico desde sus realidades específicas, con el fin de apalancar conceptos como el de que la selva, la tupida y olorosa selva, no se interpone entre nuestro medio y la civilización.

Quienes miran con desdén o simple indiferencia la magnitud de los daños al ecosistema –insiste Martínez Pinzón–, ignoran que no es imposible, como lo sostiene Wade Davis, citado por él, que el día en que se sequen los bosques húmedos los Andes podrían caer sobre el Amazonas. El desdeñoso más conspicuo es el presidente de los Estados Unidos. Pero sin lo que Martínez denomina “una mirada invernacular”, el modelo de desarrollo nos pondrá por delante muchos paisajes devastados.

Meticuloso, crítico  y coherente fue el escrutinio de Martínez Pinzón a la obra de Francisco José de Caldas. Centrándose en las conclusiones polémicas del científico mártir, analizó con audacia y respeto aspectos discutibles de su ímproba labor, consciente de que usaba el escalpelo con un prestigio merecido y digno del procerato que obtuvo. Sus argumentos son racionales, cuidadosos y consecuentes con el legado que le sirvió de arranque a su aventura editorial.

José María Samper, José Asunción Silva, el presidente Rafael Núñez, el presidente Rafael Reyes y José Eustasio Rivera aparecen, en el texto de Martínez Pinzón, vinculados como individualidades diferentes a la naturaleza tropical y al clima como potencia, esto es, prestos a desentrañar los impactos de las temperaturas frías, templadas y tórridas, con sus bichos y alimañas adentro.

Hay que leerlo para entender las incógnitas del invernáculo y por qué atrajeron a los cinco personajes.

Como es de mal gusto saquear a un autor, acabo mis comentarios resaltando la selecta y nutrida bibliografía que facilitó la seriedad y el rigor de las 176 páginas de Felipe. Es un acervo en el que campean la inteligencia y la consagración. Pero también seduce la prosa límpida, bruñida y correcta de un ‘scholar’ con madera de escritor. Con Una cultura de invernadero se aprende y se disfruta.

*Columnista

carvibus@yahoo.es

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