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CARLOS VILLALBA BUSTILLO

Por: CARLOS VILLALBA BUSTILLO

2 de Julio de 2017 12:00 am

El totalitarismo tropical de Venezuela ha sido una combinación de farsa teatral y falacias políticas. Mientras el coronel Chávez consolidaba un aparato burocrático excluyente y represivo, le comunicó a su sociedad que tenía un proyecto y que sabía para dónde iba, pero farsa y falacias no resistieron la cincha cuando la realidad empezó a corcovear.

El teatro en la política tiene momentos y fronteras. Las morisquetas sucumben a los dilemas económicos y sociales si no se apechan con dirección y resultados. Es torpe aceptar las reglas de una democracia para atropellar libertades y derechos simulando que se les respeta. Hacer elecciones por docenas no basta si, al perder una, al día siguiente se desconoce y se convoca otra, como sucedió con el referendo que Chávez perdió y anuló para fabricar otro a su acomodo.

Cuando las falacias se agotaron, Venezuela tomó la ruta del desastre y, al surgir Maduro, pasó del purgatorio al infierno. No obstante, él, sus Diosdados y sus Jauas se sienten libres de responsabilidad política por la postración, la parálisis y los extremos de abatimiento y exasperación adonde la llevaron aduciendo un golpe de Estado imaginario y una fantasiosa invasión extranjera. ¡La muletilla invariable!

Una revolución puede matar la fe de un pueblo en la ley y sostenerse, como la cubana. Lo mortal es que se corrompa y se degrade, como la venezolana, sin padecer una drástica y merecida reacción popular. La Revolución bolivariana está tan intoxicada de sicotrópicos, incluyendo a las Fuerzas Militares, que el ministro de Defensa tiene por apellido el remoquete con el cual designan en el mundo a los capos de la mafia: Padrino.

Desde hace 93 días, los venezolanos están aplicando directamente la Constitución, pues su artículo 350 dice: “El pueblo de Venezuela, fiel a su tradición republicana, a su lucha por la independencia, la paz y la libertad, desconocerá (mandato imperativo) cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos”. Este artículo lo votó Maduro como constituyente por el Distrito de Caracas.

Pero como el articulito cobró su violación con intereses, resolvió derogar la Constitución e instituir, a través de un procedimiento espurio, su propio cesarismo. El Estado soy yo, de Luis XIV, es una expresión casi liberal comparada con el bodrio constituyente de Maduro. Chávez y su palafrenero metieron a Bolívar como inspirador de su opereta revolucionaria, pero la visión del héroe lo anticipó a la estafa histórica urdida por sus suplantadores cuando advirtió: “Venezuela caerá en manos de una multitud de tiranuelos demasiado pequeños para hacerse notables y pertenecientes a todos los colores y todas las razas”.

carvibus@yahoo.es

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