Malecón

15 de octubre de 2017 12:00 AM

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Si en Europa no se pensó que tratar de someter a Serbia desencadenaría una guerra mundial, la crisis de los imperios centrales y la convulsa situación de Rusia le arrimaron a la conflagración un estallido revolucionario novedoso. El ingreso de los Estados Unidos a la guerra aseguraba un triunfo de la Entente, pero el derrumbe del frente ruso desinfló el júbilo de los aliados. Los hechos de Petrogrado, en febrero de 1917, y los de Moscú, en octubre del mismo año, le trajeron al mundo una historia sin gemela anterior.

Tres arrolladoras fuerzas de oposición al zarismo, dos liberales y una socialista, anclaron dos poderes que canalizaron la inconformidad convertida en revolución contra el hambre y la anarquía. El Comité de la Duma, el Soviet de Obreros y Soldados, y de ñapa un pueblo enérgico y arremolinado, marcaron el inicio de la transformación que Lenin y Trotsky sellaron y de la que se cumplen cien años el próximo martes. La Rusia grande reagruparía a los pueblos eslavos y se alzaría como contraparte del Occidente burgués y capitalista.

Tal como Lenin lo columbró, la alborada revolucionaría se afianzaría, sin visos de colapso, en el lomo de una dictadura de clase en ascenso y con una estructura institucional que modificaría por completo los conceptos de propiedad y producción. No hubo asaltos contrarrevolucionarios que atajaran lo inatajable. Un gobierno provisional y otro de coalición fracasaron y el sueño de Marx comenzó a realizarse siete décadas después de publicado el Manifiesto Comunista.

La revolución fue dura y traumática, con violencia corrida y mucha sangre, en particular cuando los sectores políticos y sociales perjudicados se percataron de que lo que sucedía no era una rauda aventura demagógica, sino la drástica sustitución de un sistema por otro, de un Estado por otro, de unas clases por otras, y la guerra civil no pasaba de ser un intento estéril por derribarla. La consistencia del fenómeno político y militar aplastó todos los boicoteos.

Solo cuando Lenin demostró, viviendo al margen del tiempo, que con el respaldo del proletariado y de los campesinos marginados se podía construir, palmo a palmo, un Estado socialista sobre la Tierra, los líderes occidentales admitieron que en la política y la economía hay virajes en redondo, como el que se llevó a cabo entre la caída del Palacio de Invierno y 1924, al morir Lenin, en siete años nomás, los mismos que aprovechó Stalin para tomarse la burocracia oficial y la máquina del partido a fin de demoler a Trotsky.

En siete décadas más llegó otro viraje en redondo con la caída del Muro de Berlín y la desaparición del Telón de acero. Francois Furet la rotuló con cinco palabras que resumieron el cese inapelable de la utopía comunista (una sociedad sin Estado): “El pasado de una ilusión”.

*Columnista

carvibus@yahoo.es

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