Malecón

05 de noviembre de 2017 12:00 AM

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¿Puede el pensamiento político cambiar en el hombre contemporáneo su sentido de los valores? ¿Serán suficientes las ideas para tronchar una tendencia basada en la primacía de lo intrascendente y frívolo sobre lo trascendente y serio? ¿No tienen los conflictos de la sociedad de hoy un margen de prioridad inferior al del individualismo que sucumbió a los incentivos de una metafísica de la puerilidad?

Sería posible un viraje radical en la medida en que el hombre admita que prefirió la compulsión y los rencores al concepto humanístico que conducía su vida. Un hombre consciente de que son más importantes los ideales que los objetos y la ostentación, y la austeridad que el consumismo, es capaz de rescatar el respeto por la asepsia social, el ejercicio de la disciplina y el culto por su país, derrotando envidias, pasiones, complejos y vacíos interiores que lo inducen a hostilizar en lugar de servir.

En la política colombiana abunda este modelo humano que ha subido de estatus sin recoger el pasivo de sus aversiones, porque confunde el halago de los artificios con su realización personal. Verdades y caprichos se funden en una noción única que rehuye la verdad de las cosas. El resultado es el país descuadernado y al garete donde oímos más insultos que argumentos y más agravios que razones.

La realidad preelectoral nos indica, por el uso y el abuso del dilema guerra o paz, que en Colombia desaparecieron los debates por lo alto para garrotearnos con las ofensas por lo bajo. Los clichés ocuparon el lugar de las ideas, a la sombra del “nada es imposible” y de la bulimia de novedades que divierten pero no alegran. Lo que un siquiatra español, Enrique Rojas, denominó “revolución sin finalidad” tiñe nuestro ambiente de precariedades.

Una sociedad enloquecida por las fugas sicológicas y una especie de “boom” de la simulación, vivirá de falsedades que envenenan su estructura. En esas andamos los colombianos, indiferentes ante nuestras contradicciones, descreídos de una economía que no crece, de los retos que sigue planteándonos la cultura narco, de las informalidades que postran la situación social de nuestra población, de la muerte diaria de un líder popular y de las mentiras que el fanatismo acepta como verdades infalibles.

Es tan protuberante la identificación entre lo que somos y lo que aparentamos, que ni uno solo de los cuarenta candidatos a la Presidencia nos ha dicho qué hará con los harapos de país que queden de las dos vueltas electorales. Sobre todo si, después de la pornografía parlamentaria que hemos visto en los trámites de la legislación sobre los Acuerdos de La Habana, se logra bloquear la JEP con posibilidades de un retorno a la confrontación, a la cual se sumará el Eln para que no se repita con ellos la experiencia.

carvibus@yahoo.es

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