Masacre en las bananeras

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José Ortega y Gasset: “La verdad oficial: una administración prudente de la falsedad”

Nunca se sabrá cuántos muertos hubo por la cruel y cruenta insania y la vesania juntas, esa horrible alba del 6 de diciembre de 1928, hace 90 años, en que las armas de la soldadesca, puestas en sus manos para el uso legítimo de la fuerza del Estado para defender a los colombianos, sirvieron los intereses de la multinacional United Fruit Company, y se usaron para cegarle la vida a inermes trabajadores de las plantaciones de banano en la plaza de Ciénaga. Se ha hablado de miles, de centenares, de sólo 9 según la versión oficial. Pero, los hechos son los hechos, y los “hechos alternativos”, que se inventó la consejera del presidente Trump, Kellyanne Conway, son sólo un ardid para negar u ocultar los hechos, que son tozudos.

Cobijados por la sombra de la noche del 5 de diciembre, en tinieblas porque ni luz había, sigilosamente arribó la tropa desde Barranquilla a la plaza, bajo las ordenes del tristemente célebre General Carlos Cortés Vargas. Allí, entre arengas y pancartas se apostaban los trabajadores, que habían votado la huelga general el 11 de noviembre de 1928, debido a la intransigencia de la UFC.

Su pliego petitorio no iba más allá de exigir las mínimas condiciones para un trabajo digno. La empresa acolitada y alentada por la obsecuencia de las autoridades, se negó a negociar el pliego, alegando no estar obligada a ello. Era una lucha desigual.

El presidente, Miguel Abadía Méndez, se anticipó a expedir la Ley Heroica. Cortés fue investido como jefe civil y militar del área, no sin antes declarar el Estado de sitio en la zona bananera.

En la madrugada de ese aciago 6 de diciembre, los trabajadores, agolpados en la plaza con sus familias desde el día anterior esperando la anunciada visita del gobernador, José María Núñez Roca, que nunca llegó y quien supuestamente intercedería ante la empresa para encontrarle una solución pacífica al conflicto laboral, pero sucedió lo peor. El piquete de soldados seguía en la plaza en actitud desafiante. De un momento a otro los trabajadores fueron sorprendidos por el redoble de un tambor que anunciaba la lectura de un bando notificando el toque de queda y la orden perentoria de disolver la manifestación. Pero nadie se movió.

El intimidante redoblar de tambores fue seguido de tres toques de clarín y la amenaza por parte del inefable general Cortés de abrir fuego contra la multitud si no despejaba la plaza. Lo demás es historia, se consumó un crimen monstruoso de personas humildes que pagaron con sus vidas la osadía de defender sus derechos laborales, sin que el Gobierno nacional moviera un solo dedo para evitar la masacre.

*Miembro Correspondiente de la Academia Colombiana de Historia

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