Ministros

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No hay requisitos formales para ser nombrado ministro, pero para ser secretario de la Alcaldía de cualquier aldea se exige maestría, especialización y las primordiales “recomendaciones”.

La labor de los ministros mucho depende del juego o importancia que les conceda la Presidencia, esa corona de espinas que se disputan con ardor cada cuatro años. Carlos Lleras y Uribe fueron ministros de todas las carteras. Sus llamados ministros de Estado quizás sirvieron de fusibles para manejar situaciones, cuando no de pararrayos para recibir regaños.

La nómina actual, que se caracteriza por su preparación, talento y dinamismo augura promisorio desempeño. Nuestros coterráneos Andrés Valencia Pinzón y Alicia Arango cumplen la más meritoria labor.

Ha habido muchachos que sin representar, ni la edad que tienen, llegan a un ministerio a aplicar modelos hipotéticos recién aprendidos en una universidad yanqui.

Para no hablar de la lujosa nómina de López Pumarejo, ni establecer comparaciones con republicanas figuras es mejor llegar a la Grecia de Pericles, quien posee el título de precursor de la burocracia, porque pagarles a los funcionarios públicos fue creación suya.

Los ministros de Pericles fueron sus amigos Sófocles, y Fidias. Tuvo a Aspasia por mujer, aunque nunca la degradó con el matrimonio, ni la nombró ministra. Sócrates aseguraba que a ella debía Pericles el discurso sobre los muertos que Tucídides repite con desmesurada emoción. Aspasia además de mujer pública era bellísima, fascinante y talentosa.

Pericles fue educado por Zenón de Elea, un viejito mamador de gallo que inventó el cuento de que el río no era el mismo porque eran distintas las aguas que pasaban. Solo 2.500 años después, el poeta Carranza se atrevió a contradecirlo con aquello de "el río del amor que nunca acaba de pasar".

Pericles nombró ministro de Hacienda a Sófocles por haber escrito Antígona. Como estadista sabía que cualquiera que tenga una idea vaga sobre los números podrá manejar la Hacienda, pero muy pocos seres son capaces de juntar unas palabras que ni los años, ni las ciudadanías humanas pueden repetir.

No sabemos de su política antiinflacionaria o de su técnica para manejar el gasto público, pero después de haber escrito Antígona, Edipo rey, Ajax y Electra tuvo que ser mejor que algunos que han vendido empresas estatales prósperas, creadas con el ahorro de otras generaciones. Tampoco propició tratados de comercio desventajosos, pero señaló lo que deberían ser los hombres, relegando a desperdicio lo que son.

Sófocles, que sabía de la oscuridad humana y la crueldad de los poderosos, casi parece decirnos que lo que no es siniestro no atañe al hombre. Porque el circo y las ansiedades de poder se antojan, casi siempre sin razón, de carne de ministro cada tanto tiempo con el ánimo de perturbar.

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