Modelos de paz y desarrollo

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Por estos días llama la atención cómo el proyecto legislativo de “Ordenamiento social de la propiedad y tierras rurales”, que busca desarrollar el punto de Reforma Rural Integral del Acuerdo de La Habana, ha suscitado la oposición tanto de quienes quieren transformar el statu quo tradicional del sector agropecuario y el mundo rural, como de quienes defienden ese mismo estado.

Desde el punto de vista transformador, el proyecto elimina importantes medidas y definiciones provistas por la legislación vigente, que apuntan hacia la materialización del Artículo 64 de la Constitución: “promover el acceso progresivo a la propiedad de la tierra de los trabajadores agrarios”. En perspectiva conservadora, el proyecto amenaza lo consignado en el Artículo 58 de la Carta Política: “se garantizan la propiedad privada y los demás derechos adquiridos con arreglo a las leyes civiles”.

Creo que esta oposición multifacética al citado proyecto de ley (el cual, por cierto, solo ha sido “socializado” en las grandes ciudades) en parte se deriva de un profundo cambio político, que recibió muy poca atención de la opinión pública en la renegociación del Acuerdo de Paz, y que tuvo que hacerse por cuenta del triunfo del No en el plebiscito.

Mientras que el eje de la primera versión del Acuerdo era la búsqueda de una transformación estructural del campo basada en la recuperación y el fomento de la economía campesina, la versión que finalmente salió tras la renegociación consigna la protección del modelo industrial de explotación de la tierra y los territorios.

Esa aparente inocua ambigüedad -que hay campo para los dos modelos de desarrollo rural, el campesino y el industrial- puede impedirnos avanzar hacia la construcción de paz y bienestar.

La historia muestra que la idea de un “adecuado balance” entre la agroindustria extensiva y la pequeña propiedad campesina es una quimera que esconde los dispositivos de poder que han causado el desplazamiento, despojo y empobrecimiento de millones de habitantes del mundo rural que aún buscan una justicia que reconozca y repare la violencia de ese embate.

Y mientras que el resto del mundo despierta a la realidad de que una alimentación sana y sostenible para el campo y la ciudad solo será posible mediante modelos asociativos de innovación agroecológica a pequeña escala, en Colombia seguimos consumiendo eufemismos en forma de “negocios inclusivos” o “alianzas productivas” que solo alimentan la conflictividad social y los intereses de las élites de siempre.

*Profesor, coordinador del Grupo Regional de Memoria Histórica de la UTB

COLUMNA EMPRESARIAL
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