Monseñor Biffi en Birmania

29 de octubre de 2017 12:00 AM

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Recientemente visité la nación de Myanmar, antigua Birmania, con el interés de conocer la huella dejada por monseñor Biffi a quien la providencia colocó en Cartagena, primero como misionero y luego como obispo, dejando entre nosotros una buena siembra hecha con fe, con realismo y con verdad.

Con el padre Tulio Aristizábal SJ, hemos aprendido que monseñor Biffi, siendo vicario general de la diócesis de Cartagena, le tocó afrontar situaciones muy difíciles, ante las cuales fue profeta y defensor de la verdad frente a un régimen anticlerical. Todo ello origina la irrupción de un piquete militar en la sacristía de Santo Domingo, justo antes de celebrar la santa misa, el cual lo detiene y confina a San Andrés y Providencia.

De allí, seguiría hacia Jamaica y Belice donde es acogido por los jesuitas y prosigue su labor misionera. Estando allí, es llamado por sus superiores del Pontificio Instituto de Misiones Extranjeras para que asuma, en la Birmania Oriental, la Prefectura Apostólica de Taungngu donde llegó el 13 de febrero de 1868.

De Colombia porto consigo lo que aún permanece en la memoria de Myanmar: los cultivos de café, los sembrados de naranja y el cultivo de la cuina para curar la malaria.

Sus trece años como Prefecto Apostólico, antes de regresar a Cartagena, nos muestran a un Biffi sembrador de la Buena Nueva del Reino. Él llegó a Birmania a sembrar, por lo que es muy importante saber qué sembró y cómo lo hizo. Sembró con una confianza sorprendente y no lo hizo él solo sino con sus compañeros de camino, los padres Conti, Carbone y Tornatore. Fue una siembra abundante e incansable en la que las semillas cayeron por todas partes. Lo hicieron sin desalentarse, en la certeza de que no sería una siembra estéril.

Mirando esta nación con sus 51 millones de habitantes y un 60% de ellos en extrema pobreza, un 80% viviendo de la agricultura; con 60 años de dictadura militar y confrontaciones tribales; con los Rohingya, considerados apátridas, sin Estado y sin amigos y donde solo hace poco se tiene “una democracia” y los católicos no llegamos al millón de fieles; es posible que nos asalte la idea de que el Evangelio anunciado por monseñor Biffi perdió su fuerza y que el mensaje de Jesús ya no tiene garra. Quienes cosechan “mangos bajitos” son amantes de los éxitos transitorios y de los triunfos aparentes. No es tiempo de cosechar sino de seguir sembrando con humildad y verdad.

Si algo hizo presente monseñor Biffi, con calidad evangélica, en el corazón del pueblo birmano fue la fuerza salvadora de Jesús. Lo motivó su fe y su pasión por una vida más humana para los Carianos. Si hoy, ese 1% que son los católicos, son levadura de santidad es porque monseñor Biffi, muy seguramente, dejó en el corazón de Birmania lo esencial del Evangelio.

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