Nuevos citadinos

28 de octubre de 2017 12:00 AM

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Se había asociado la bondad y la cultura con los campos y los bosques, pero la historia se hizo en las ciudades. Se pasó del buen salvaje de Rousseau al campesino de nuestros días. Civilización dizque viene de ciudad. Los ideales eran una isla en la Utopía de Moro. Pero también la ciudad del sol de Campanella.   

Babilonia con sus jardines colgantes. Troya, su epopeya y dioses pendencieros. Atenas y el pensamiento. Roma y el poder. Ahora Nueva York, estructura financiera y  rascacielos.   

En nuestras fronteras algunas ciudades sin alma, ni identidad, han crecido por capricho presupuestal. Pero si las viejas metrópolis son evocadas con respeto, también tenían pobreza, basuras, fealdad, y eran núcleo de plagas y pestes.    

Boleros tristes y tangos lacrimosos se refieren a las ciudades y su magnetismo fatal. Las luces de la polis han atraído palurdos y gentes simples con sueños de bienestar. Esa cruel experiencia de dejar al pueblo  por la gran ciudad, donde naufragan sueños, y apenas quedan  frustraciones.

En ellas es más difícil combatir jerarcas del egoísmo que se empinan en el sistema con un solo objetivo: convertir el mundo en un inmenso mercado, y a los seres humanos en consumidores y clientela.

Pero muchos no quieren quedarse en un paraje distante, con noches plácidas pero oscuras y lentas donde los cantos de los grillos han sido compañía. La ciudad es la aventura, la alegría, la oportunidad. Se desdeñan los consejos de viejos aldeanos que indicaban “que gallo de pueblo no gana en la ciudad”. La seguridad que exaltan con más pasión que realidad, no les basta. La rutina insípida de la aldea les fastidia. Creen que la vida distinta y ruidosa será favorable, cuando la ciudad solo significará barriadas miserables de  desesperanza. Mucho desear y poco conseguir. Ansias de empleo quedaron reducidas a tristes acrobacias en un  semáforo, y a humillantes ruegos que nadie escucha.

En esa peregrinación al desarrollo, la esperanza de trabajo se transforma en  rebusque, los vecinos conocidos cambiados por seres hostiles que engañan y atropellan. El mejoramiento y el progreso siguen lejanos. Cruzar una calle es un peligro. Están los supermercados, hospitales, el cine, fábricas y avenidas iluminadas, pero son ajenas. 

Todos no son desplazados. Hay otros que dejaron de ser cabeza de ratón, para terminar de cola de un león insaciable. Asustados deambulan por las aceras congestionadas. No se les nota el cadillo en la ropa y el matarratón detrás de la oreja, pero son  inconfundibles. Igual que los andinos cuando caminan descalzos en la playa, su andar es inseguro.

Aun cuando les haya sorprendido que los precios del mugriento Bazurto sean mejores que los del ventorrillo de confianza en Zambrano o Marialabaja, aprendieron con dolor que es mucho más difícil vivir con los adelantos y sus crueldades.

AUGUSTO BELTRÁN

 

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