Patria y Presidente

05 de junio de 2009 12:00 AM

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El presidente Uribe consiguió que aquellos que votarían de nuevo por él y hasta volverían a votar por una presidencia vitalicia; consiguió, digo, que esa mayoría lo confundiera con la Patria. Él y la Patria son una misma cosa. El Presidente de la República es, en efecto, la más alta figura del Estado, pero es, gracias a las normas democráticas, una figura provisional y perecedera, controlada por otras figuras e instituciones del Estado. La Patria es, por otra parte, un concepto cargado de valor afectivo. Lo que llamamos Patria cubre no sólo el territorio donde nacemos y vivimos, sino que resume aquello que nos identifica con el territorio. Símbolos, banderas, historia oficial e himnos permanecen casi inamovibles en el tiempo. Por eso no hay escándalo mayor que la pretensión de modificarlos. Cuando se tiene un razonable sentido de Patria, los ciudadanos guardan respeto por aquello que la representa. La Patria está más allá y por encima de la contingencia de los gobiernos y las imperfecciones o errores de los gobernantes. Es tan profundamente sentimental el concepto de Patria, que da origen al patriotismo, aunque la historia enseña que existen patriotismos aceptables y patriotismos dañinos. El patriotismo es una manera de amar a la patria y apropiarse de ella y de sus símbolos. Lo que sucede es que hay patriotismos que llegan al delirio y se vuelven liturgia. Se convierten en la justificación de fanatismos colectivos y en instrumento ofensivo y discriminatorio. En el origen de muchos conflictos entre naciones, asoma a veces un exaltado sentido de patria. El sentimiento patriótico crea identificaciones perniciosas. Los políticos lo saben y lo primero que deben conseguir es que quienes los apoyan sientan que la Patria es inseparable de ellos. Si se consigue esto, se tendrá en las manos el mejor instrumento de control de las masas. La Patria y el Partido, así en abstracto, fueron aglutinadores de masas en el comunismo y el fascismo. Ambos conceptos estaban revestidos de religiosidad. Donde había dogma, se imponía la obediencia. Como político y gobernante, el señor Uribe Vélez alimentó la fusión de su persona con la Patria, así en abstracto. Lo consiguió valiéndose de todos los medios propagandísticos al alcance de un gobierno. El paso siguiente fue sencillo: si él era “la Patria”, quienes no estuvieran con él eran antipatriotas. Al dotar a su persona de un carácter casi religioso, recibió de las mayorías que lo apoyan una respuesta religiosa parecida a la fe que une a los creyentes con su credo. Martillando siempre sobre el mismo clavo, el presidente y los miembros de su primer anillo de poder pretenden volver intemporal la temporalidad constitucional de su gobierno. Si no se hubiera sacralizado hasta la devoción el carácter insustituible del Presidente y la idea igualmente religiosa de que Él es el Representante de la Divina Patria en la Tierra, la democracia colombiana habría seguido por los cauces legítimos de la Constitución. A la larga, Uribe Vélez ha conseguido lo que buscaba: producir devotos en lugar de ciudadanos. salypicante@gmail.com

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