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Columna

Por dignidad, ¡renuncia!

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No has escuchado consejo de amigos ni súplica de la ciudadanía. Estás sordo a lo que no sea tu orgullo. Desde que se supo que padecías un cáncer, tú, tu familia y tus más cercanos colaboradores emplearon todas sus fuerzas morales para que te recuperaras y ocuparas de nuevo el cargo del que la enfermedad te habías separado.
La gravedad de la enfermedad empezó a ser sistemáticamente minimizada por ti mismo. Confundiste la capacidad de resistir a la cruel jugada del destino, con la tal vez consoladora costumbre de mentirnos: a la minoría que había advertido desde el principio que el reto de ser alcalde era superior a tus capacidades, y a esa inmensa mayoría que te entregó esperanzas y fervor popular.
Que estabas bien, que te estabas recuperando, que volverías dentro de un mes, que cambiarías gabinete, que unas fintas de boxeador, que unos pasitos de salsa, que estabas como un toro, que…; Confundías la realidad con el deseo, lo que pensabas hacer con lo que no habías hecho, mientras se cocinaba en “tu” gobierno la más dañina de las improvisaciones y la corrupción se colaba por las rendijas de la contratación pública.
No estabas tan bien como querías ni tan mal como deseaban tus enemigos. Tampoco estabas, desde agosto de 2012, en condiciones de gobernar con entera lucidez. Ya no eras el brioso candidato que le encontraba remedio a todos los problemas, que prometía el cielo y la tierra.
Si la ciudad no colapsó fue por la inercia de sus asuntos, mediocremente llevados por los encargados. Iba cayendo, eso sí, en el caos de la improvisación y el reparcheo administrativo. Nada de lo que prometiste empezó nunca a realizarse. Pero muchos te seguían diciendo al oído lo que querías oír.
Mira bien: lo que era susceptible de empeorar, empeoró, mientras tú te consolabas poniéndoles más esperanzas a tu recuperación pero dejándote llevar por la fantasía de que podías regresar a hacer, con la salud mermada, lo que no habías podido hacer cuando la tenías a plenitud. Nadie conspiró contra ti; tú conspiraste contra ti mismo.
Tuvimos finalmente el cuarto alcalde encargado, pero alguien, cercano a tus afectos o fiel a sus intereses (te rodearon siempre muchos intereses), tuvo la perversa idea de embarcarte en una demanda con el peregrino argumento de que te estaban usurpando el cargo, que conspiraban contra tu regreso al Palacio de la Aduana. ¡Cojudeces! ¡Tiburones disfrazándose de constitucionalistas!
¡Catorce meses a la deriva! Un alcalde de pacotilla se enfrasca contigo en discusión de verdulera, volviendo noticia los “me dijo” y “no le dije”. La ciudad que dejaste y a la que quieres volver porque alguien te sopla al oído que vuelvas, tiene un alcalde encargado que nunca, como tú, perteneció al partido que le dio el aval a tu candidatura.
Y en esas estamos: deseando que sobrevivas a la enfermedad pero deseando también que el destino de la ciudad no siga estando en la provisionalidad. Tú eres el problema, Campo, pero también la solución. Por dignidad, por el respeto que te debes y debes a los ciudadanos, ¡renuncia!

*Escritor

collazos_oscar@yahoo.es

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