Tántalo

11 de julio de 2018 12:00 AM

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Dicen que lo tenía todo, alcurnia, riqueza y fama; y quiso más. No se sabe cómo, lo cierto fue que se granjeó la amistad de los dioses, hasta el punto que lo invitaron a departir y comer con ellos. Vanidad de vanidades, la felicidad no era completa, no le bastaba el inmenso honor de ser el preferido de los dioses. La dicha no era completa, como para muchos mortales hoy día, el éxito y la felicidad solo existen cuando se convierten en noticia. ¿Qué sentido tenía que fuera el preferido de los dioses si los demás mortales no lo sabían?

Comenzó primero contando algunas pequeñas infidencias de los dioses, luego pasó a denunciar sus más íntimos secretos. No conforme con ello y, tal vez, para demostrar su habilidad, comenzó a robar de la mesa del Olimpo algo de néctar, un poco de ambrosía y luego de todos los manjares divinos para repartirlos entre los mortales.

Pobre iluso, creyéndose más hábil, se robó el perro dorado de la diosa Rea y luego tuvo el descaro de mentirle, al mismísimo Zeus, diciéndole que no tenía idea del dichoso mastín. Por último, invitó a los dioses a cenar a su mansión. Pensando que la comida no alcanzaría y, para no quedar mal con los invitados, mandó sacrificar a su propio hijo, Pélope, y lo hizo adobar, preparar y lo sirvió a la mesa.

Los dioses, advertidos por Zeus, renegaron de tal atrocidad y crearon tres castigos ejemplares y trágicos para Tántalo: lo arrojaron al Hades, el infierno de los griegos, en un estanque en el cual el agua le llegaba al mentón, tenía toda el agua disponible, tan cerca pero, tan pronto se inclinaba a beber, el estanque se secaba, haciéndole padecer eterna sed.

Alrededor había hermosos y frondosos manzanos con frutos rojos y apetecibles, gigantescos y jugosos higos guindaban cerca de su cabeza, hermosas y verdes olivas colgaban a poca distancia, sin embargo, tan pronto Tántalo se estiraba para alcanzar los frutos, una repentina brisa elevaba las ramas hasta las nubes, haciéndolas inalcanzables y llevando a Tántalo a sufrir un hambre perenne.  Como si lo anterior fuera poco, tenía que padecer un suplicio mayor, la permanente angustia de una gigantesca roca que amenazaba con caer sobre él y aplastarlo. Un triple y eterno infierno.

La mitología griega es una sabia adivina que predijo con exactitud todos nuestros yerros, tragedias y comedias que en el mundo han sido desde entonces. Colombia, como Tántalo, está condenado: un país con aguas mil, a raudales y, al tiempo que nos ahogamos en ella, morimos de sed; somos una de las naciones con mayor diversidad y riqueza en fauna y flora y nuestros niños mueren a diario de hambre; nos ufanamos de ser un pueblo alegre, pacífico y tan amable y, paradójicamente, cada día pende sobre nuestras cabezas la amenaza de la inseguridad, la violencia y el homicidio desbordado. Bien lo dice el refrán: “dime de qué te ufanas y te diré de qué careces”.

“Colombia, como Tántalo, está condenado: un país con aguas mil, a raudales y, al tiempo que nos ahogamos en ella, morimos de sed (...)”
 

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