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Tres claves olvidadas (1)

ROBERTO BURGOS CANTOR

BAÚL DE MAGO

Por: ROBERTO BURGOS CANTOR

26 de Noviembre de 2016 12:00 am

Por estos tiempos en los cuales la propensión a las disputas sin fin se muestra incansable, enloquecida, valdría la pena rescatar la razón para soportar el fastidio que surge de sentirse atrapado en el lastre de un tiempo que se resiste a la renovación, arriesgarse a resolver problemas con persuasivo examen, sin amenazas ni más muertes. ¿Por qué nos costará tanto pasar del estado de tragedia al de búsquedas de comunidad fortalecida con sus diferencias?

Pareciera que el horror amansó o destruyó la virtud y volviéramos siempre a su cruento gesto. Leía una de las memorias de guerras, la de los Mil días, y me quedó una visión que vuelve en los días aciagos. Una de las columnas de combatientes llamada El Conto iba por la cordillera, guerreros descalzos o de cotizas acabadas, con restos de ropa de trabajo y armas pesadas y rústicas que quizá hacían más daño por las infecciones producidas que por su eficacia. Eran hileras de miles de hombres iluminados por alguna idea vaga que les incendiaba el cerebro y deformaba la sensibilidad: Dios, el Partido, el enemigo, y esa noción de patria tan vacía. Quizá la crueldad de un hado perverso los convenció de un disparate: las palabras que valen la pena no se entienden y hay que matarse por ellas.

Una mujer descalza apretaba al pecho un envoltorio de trapos. Alcanzó a la columna y preguntaba por un nombre. Después de dos horas y veinte minutos pasó a la mitad de la fila que avanzaba desordenada y, con un delirio creciente en el corazón. Entonces vio a su hombre y lo llamó: Trinidad de Jesús Cristiano. Él, apenas si se sobresaltó y la miró con fastidio. No le habló. Ella desenvolvió el rollo y dejó a la vista un recién nacido, adormilado por falta de vida. Tu hijo, afirmó ella, como si fuera necesario. La mano del hombre, tan sucia como el rostro, le recibió, o ¿le arrancó? la criatura. La sostenía por una de las piernas y la tuvo al aire, frente a sus ojos. Con un movimiento de relámpago desenvainó el machete y quedó en el aire la sangre sin fuerza cuando lo troceó por la mitad. ¡Para estorbo. Hijuepuerca! Y siguió la marcha. La mujer, incrédula, se derrumbó poco a poco.

Desde entonces pienso en la ternura valiente de las mujeres y, la brutalidad sin compasión de los varones. Esas memorias serían la base de una literatura de llanuras ardientes y lomas frías, reveladoras de la anomalía, del Tolima grande. Lo que buscan desde Eduardo Santa, los Pardo, Leal, Santamaría, los Ruíz.

Acaso el desprecio enconado de los ilustres se ejercía convirtiendo a unos seres humildes y laboriosos en monstruos. Ignorancia enseñada.
 

reburgosc@gmail.com

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