Un legado

25 de marzo de 2010 12:00 AM

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Ocho años en el poder, 2002 a 2010, le devolvieron al Partido Conservador el control del Gobierno y del Estado, y a Álvaro Uribe Vélez, el del jefe más connotado de cuantos a lo largo de su longeva historia haya podido ostentar colombiano alguno en las huestes de los Caro y Ospina. Y es que de todos los mandatarios que ha tenido el Partido Conservador, incluido Rafael Núñez, ha sido Uribe Vélez el que mayormente ha contribuido a consolidarlo como factor de poder real y a dotarlo de la herramienta burocrática más eficaz para su permanencia y consolidación como organización partidaria al frente del Estado y el Gobierno. También ha sido él, quien ha marcado con preponderancia el tono ideológico de aquella agrupación y definido como nunca antes el perfil político del país bajo el auspicio de la doctrina conservadora encarnada en el confesionalismo, vigente y ampliamente difundido. El país volvió a ser conservador en sus ocho años de poder y gobierno, el modelo de desarrollo imperante privilegia formas y expresiones económicas nada acordes con la modernidad capitalista, las relaciones entre las diversas capas de la sociedad colombiana está subordinada a la mentalidad autoritaria y mesiánica propia de aquel modelo, cuyo mayor auge tuvo ocurrencia en el primer tercio del siglo XX. Y lo más significativo, el país restauró otra vez, y con qué facilismo, la mentalidad conservadora, y marcha, sin mirar a los lados, por la senda del unanimismo y el más exacerbado primitivismo ideológico que ven en la pluralidad y en otras formas y modelos, tanto políticos como de desarrollo, el enemigo del orden imperante, y contra el cual son válidas todas las formas, métodos y procedimientos para combatirlo. No quedan dudas, todo cuanto ha acontecido en estos ocho años de la nueva hegemonía conservadora tiene un costo oneroso para el país en su conjunto, principalmente para su aparato productivo y económico, el cual no observa las dinámicas propias y requeridas por la sociedad colombiana para escalar estadios más promisorios de su desarrollo, progreso y crecimiento, al igual que es incipiente el avance en las variables sociales, las científicas, tecnológicas y culturales en general. Y es que la mentalidad conservadora le pone freno al desarrollo de las fuerzas productivas, a nuevas formas de expresión política, a la expansión y difusión del conocimiento científico y tecnológico, al arte y a sus múltiples manifestaciones creativas. En fin, cuanto tiene que empujar el desarrollo de una nación se ve frenado por una mentalidad ocupada en mantener los privilegios de un orden inamovible, excluyente y ligado a un concepto de poder predestinado. He ahí la razón por la cual se transgrede y violenta sin miramiento alguno la institucionalidad, se desconocen las autonomías y divisiones del poder, se provoca sin rubor el absolutismo y se configura el asalto a la democracia como un acto valido del derecho de predestinación. *Poeta elversionista@yahoo.es

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