Un monstruo de mil cabezas

12 de julio de 2018 12:00 AM

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La violencia contra nuestros niños, niñas y adolescentes es cada vez más frecuente, según el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar -ICBF - estamos en alerta roja por la violencia contra la niñez. Y es que las cifras asociadas a este fenómeno son alarmantes, en los primeros cinco meses de 2018, se reportaron cerca de 11.000 casos de niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia en todo el país, es decir, 73 casos diarios, 25 más que hace 3 años.

Este fenómeno se presenta como un monstruo de mil cabezas donde existen múltiples manifestaciones de un problema social que hasta ahora no hemos sido capaces de controlar. Las cifras son desgarradoras e incluyen violencia de tipo verbal, psicológica, violencia desarrollada en los salones de clases y no controlada por los colegios e instituciones educativas, negligencia de los padres, formas tan graves de agresión como el abuso sexual, la explotación sexual, comercial o la trata de personas.

También existe una violencia no tangible y que no aparece en las estadísticas oficiales y se trata de la que ejerce el sistema de salud contra los derechos de los niños, que frecuentemente son vulnerados debido a la no cobertura de enfermedades. Pacientes con enfermedades de alto costo como cáncer y enfermedades huérfanas frecuentemente son desatendidos por parte de nuestro sistema de salud. Esta podría ser considerada una forma de violencia tan grave como el abandono de los padres. El sistema tiene la obligación de salvaguardar el derecho a la salud de todos los colombianos, pero particularmente de aquellos que por su condición son vulnerables, y en esa categoría están los niños, niñas y adolescentes de nuestro país.

Los esfuerzos que realiza el ICBF pareciera insuficiente frente a la magnitud del problema, según datos publicados por este organismo, actualmente le hace acompañamiento a 2.8 millones de familias en buenas prácticas de crianza, sin embargo, se calcula que hay cerca de 10 millones de familias en todo el país y es prácticamente imposible que una sola institución gubernamental garantice el acompañamiento a toda la nación.

Los indicadores del ICBF muestran datos que son aterradores, paradójicamente quienes deberían recibir más atención y cuidado están recibiendo cada día más violencia. Si miramos las cifras de maltrato, 31 niños fueron maltratados cada día entre enero y mayo de 2018, un caso más que el promedio diario de 2017, en estas cifras prima el maltrato psicológico, el físico y el asociado a negligencia en el cuidado de los menores. Si miramos el tema de la violencia sexual las cifras son mucho más aterradoras, 37 niños fueron abusados cada día entre enero y mayo del 2018, 10 más que el promedio diario de 2017. En Cartagena, en el único hospital pediátrico de la ciudad, se reportan cifras que se aproximan a un caso diario de menores sometidos a abuso sexual.

En la costa atlántica, los departamentos de Bolívar, Atlántico, Córdoba y Magdalena muestran unas aterradoras cifras de violencia contra los niños, lo más preocupante de estas, es que todos sabemos que el subregistro es evidente y que son pocos los casos reportados frente a una realidad que no es cuantificable. Muchos de los casos de violencia contra los niños, niñas y adolescentes quedan sin reportar en el interior de los hogares y en las aulas escolares. En referencia a este último punto, es preocupante como el fenómeno del bullying va creciendo cada vez más en nuestra sociedad y pareciera que los colegios no han encontrado una vía efectiva para lograr controlar el fenómeno, las cifras de deserción escolar deben ser revisadas y mirar las causas por las cuales se produce y las causas por las cuales hay cambios de colegio frecuentes. Este problema generado en las aulas es un problema que no distingue estrato social ni plantel educativo público o privado.

Ante esta problemática tan delicada y ante la imposibilidad del ICBF de realizar el acompañamiento a todas las familias del territorio nacional, surge la necesidad de empoderar a los padres, a los cuidadores y en general a la familia en el cuidado y protección de los niños. La familia debe convertirse en el entorno protector por excelencia que garantice el cuidado de la infancia.

 

 

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