Víctimas, no culpables

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Nuevamente el país sufre una tragedia familiar, comunitaria y nacional por cuenta de otro caso de violencia contra la mujer. Otra vez sale a la luz un caso más de violencia sexual y feminicidio. Y de nuevo, la víctima es una niña.

Como de costumbre, afloran comentarios basados en la ignorancia, los prejuicios y la reacción emocional desconsiderada. Que la culpa es de la niña (o de la mujer), por andar buscando lo que no se le había perdido. Que la culpa es de los familiares de la víctima, por dejarla andar por ahí, descuidada.
No, la culpa no es de las víctimas, la culpa es del victimario.

Es de fundamental importancia que docentes, medios de comunicación y líderes hagamos el mayor esfuerzo pedagógico posible para que esa ciega costumbre de culpabilizar a las víctimas de violencia sexual y feminicidio, en vez de a los victimarios, se desarraigue de nuestra cultura.

Cuando digo “de nuestra cultura”, me refiero a la cultura humana. Justo hoy por hoy presenciamos también cómo el nefasto afán del gobierno del Partido Republicano por ratificar en la Corte Suprema de los Estados Unidos a un juez que ha prometido retroceder en la protección de los derechos humanos, principalmente de los de las mujeres, ha conducido a que se cuestione y se culpabilice a sus víctimas de abuso sexual recurrente, y a que se intente normalizar discursivamente el comportamiento depredador que el juez tuvo en su juventud.

No podemos seguir ignorando, cuestionando y culpabilizando a las mujeres por cuenta de la violencia que muchas de ellas sufren sistemáticamente; una violencia tan enquistada en nuestra cultura que para muchos es difícil percatarse de la línea continua que conecta comportamientos aparentemente disímiles, e incluso —para algunos— “normales”, como el piropo callejero, el acoso y el abuso sexual en el colegio, la universidad o el trabajo, las barreras invisibles que dificultan el desarrollo profesional o la inclusión económica de las mujeres en igualdad de condiciones que los hombres, la violación y el feminicidio.

Y contrario a lo que plantea el presidente Duque, invocar la cadena perpetua no resuelve ni siquiera parte del problema. Ese populismo punitivo  solo sirve para agitar unas bases políticas cuya ideología está a años luz de la razón y de la ciencia. Esa, como buena parte de sus propuestas e iniciativas de gobierno, no aguanta un debate académico. Que el castigo fuera una pena perpetua (o de muerte) no hubiera detenido al violador asesino; su crimen no fue fruto de un cálculo racional, sino la cruel punta de un violento iceberg cultural que tenemos que atrevernos a confrontar.

Las opiniones aquí expresadas no comprometen a la UTB o a sus directivos.

“No podemos seguir ignorando, cuestionando y culpabilizando a las mujeres por cuenta de la violencia que muchas de ellas sufren sistemáticamente (...)”
 

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