Votos a patadas

13 de junio de 2018 12:00 AM

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No entiendo la veleidad con la cual pretendemos ser objetivos al momento de tomar decisiones. En todo somos así. Y mientras más trascendentales sean los temas, más caemos en esa incomprensible testarudez de pretender ser imparciales, ecuánimes y neutrales. Nada más lejano a la realidad. Lo hemos demostrado a través de la historia, enfrentados a trascendentales elecciones, hemos decidido generalmente guiados por la insensatez de la subjetividad, basados en primeras impresiones, dejando de lado un juicioso y razonado proceso de análisis en el cual debimos incluir los riesgos y beneficios de las diversas posibilidades.

Miren lo que está por pasar: a punto de definir nuestro futuro en los próximos cuatro años. Para ello nos toca escoger entre dos opciones. Bueno, hay dos opciones más: existe la posibilidad de quedarse en casa y dejar que los demás decidan; también es posible optar por ese inmaculado e insípido color si ninguna de las dos opciones nos convence. Pero, para la gran mayoría, de esa exclusiva minoría que votará el domingo próximo, las opciones son solo dos. Y es allí donde a uno, observador desprevenido, le parece increíble que puedan emitirse conceptos tan dispares sobre una misma persona.

Se supone que todos tenemos la misma información: uno es un preparado abogado, con alguna experiencia en el BID y bisoño senador, joven, impoluto al parecer, y un anónimo desconocido hasta hace unos meses; el otro, ex guerrillero, excelente senador opositor y alcalde de Bogotá con éxitos y fracasos. Hay que ver lo que se dice de cada uno de ellos desde las dos orillas en que solemos dividirnos ante cualquier tema.
Abrimos la página de los periódicos y sabios columnistas hablan de uno y otro de manera tan opuesta que no se entiende cómo un mismo candidato puede generar opiniones tan diferentes.

De uno se ha dicho que será el redentor, el salvador de la nación y al mismo tiempo que nos llevará al mismo infierno donde está nuestro desafortunado vecino. Del otro se dice que es la renovación, la juventud, la honestidad mientras otros afirman que nada ha hecho para llegar a la presidencia diferente a haber sido elegido por el gran elector. Y hasta razón tendrán todos. Insisto, la objetividad no parece ser una de nuestras virtudes.

Pero bueno, ya tendremos cuatro años para arrepentirnos, a partir de mañana la tierra dejará de rotar, paralizada por la paranoia girará, por un glorioso mes, al ritmo de un veleidoso balón. Todo pasará a segundo plano, desalojado por una mano no vista, de un penalti injusto o de un partido insulso. Y en medio de esa barahúnda, un mismo partido será visto en miles de millones de maneras diferentes. Sino que lo diga el maestro Eduardo Galeano, quien reconocía: “siempre jugué muy bien, la verdad maravillosamente bien.

Era el mejor de todos, pero solo de noche mientras dormía”.

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