¿Y la autonomía?

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Todos los escándalos conducen a Cartagena.

Esa frase puede aplicarse perfectamente a la capital del departamento de Bolívar, dado que estamos asistiendo a una época en que, al parecer, la ciudad se convirtió en la esponja que absorbe todos los males.

Males que abundan en otras ciudades, pero, ante la falta de liderazgo y de sentido de pertenencia de nosotros los cartageneros, estallan con resplandor. Se trata de la nueva cara de la ciudad, una cara ignominiosa que lo único que produce es estancamiento y desesperanza. Al parecer, Cartagena no tiene quien la defienda, pero sí quien la degrade y la sumerja en la más intrincada de las crisis institucionales de su historia.

No basta con que en los pasillos de los juzgados sigan desfilando constructores ilegales, madames, depravados sexuales o ladrones de lo público, ya que otros escándalos de corrupción los taparán con aterradora impunidad. La Heroica se convirtió en la escenografía ideal para el libreto amarillista destinado los consumidores del escándalo.

Alguien me dijo, “a Cartagena se la está llevando el demonio”. Y creo que no está muy lejos de la realidad. Recordemos la tragicomedia de la mujer presuntamente miembro de los Iluminatti, quien le propinó varios puñetazos a una reconocida pastora, durante un supuesto ritual de “exorcismo”.

Y así vamos. Se cayó un edificio que mató a 21 obreros, lo cual destapó una olla podrida relacionada con malos manejos en el Control Urbano del Distrito e inspecciones de Policía, mientras una torre tiene en vilo la condición de patrimonio histórico de la ciudad. El Gobierno distrital ya lleva doce alcaldes en seis años, una seguidilla de crisis administrativas cortadas por la tijera de la corrupción.

Y los escándalos siguen, sobre todo si sirven para tapar otros que suceden en cualquier parte del país: la caída del puente Chirajara, donde murieron 9 personas; los escándalos por corrupción en la Guajira, Barranquilla, Santa Marta, o Bogotá. De todas maneras Cartagena estará ahí para tapar otras barahúndas mayúsculas.

Está claro que la nuestra no es la mejor ciudad de Colombia, pero tampoco la peor, de modo que lo mejor que podría pasarle es recuperarle su autonomía lejos del centralismo bogotano, pero sobre la base de nuevos liderazgos proactivos y despojados de egos dañinos y excluyentes.

Parece una utopía, porque Cartagena está plagada de exclusión en todas las modalidades y en todas las esferas, un mal del que parecen salvarse solo los privilegiados por abolengos, dinero, cargos de poder o turistas.

Sin embargo, y aunque la tarea no se vea tan fácil, una masa de gente joven y consciente de la autonomía que debe recuperarse, viene levantándose en los barrios populares y desde diferentes profesiones. Solo les falta que el resto de la ciudad les otorgue su voto de credibilidad desinteresada.

*Periodista

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