Y París ardió

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Y Macron cedió, pero el carburante popular, avivado por sindicatos, partidos políticos, grupos extremistas de derecha e izquierda, organizaciones de derechos civiles y de género, desempleados, jubilados y jóvenes, sigue echando leña al fuego de la protesta social por los cuatro costados de las calles y suburbios de París, cruza el Arco del Triunfo y acampa en el Elíseo.

Proclaman que van por Macron, por una rebaja de impuestos para los pobres y la subida del salario mínimo y la jubilación, por más y mejores empleos y por el restablecimiento de un impuesto a los más ricos, objetivos inmediatos que bien pueden clasificarse y asumirse como de curso legal en las democracias liberales europeas, mas no desdeñar como indicador de cuidado del estado cada vez más creciente de deterioro que acusa el componente social, Estado de bienestar, característico de aquellas naciones.

A diferencia del levantamiento promovido por los jóvenes franceses hace cincuenta años, Mayo del 68, cuyo sello era mayormente el idealismo, la emotividad y rebeldía propias de una generación de jóvenes ansiosos por experimentar y expresar, conforme su imaginación los concebía y modelaba, los descubrimientos y novedades y del momento, incluidos los valores y códigos que habían regido inmóviles la vida de sus mayores y de una sociedad que los asfixiaba en su cotidianidad y rigidez, este de los “chalecos amarillos” tiene un alto contenido político y clasista, un sustrato ideológico anclado en unos objetivos realistas.

Una inspiración que, en contraste con la de “los niños de papá” que prendieron fuego a París, está materializada en las cada vez más inestables e insatisfechas condiciones y calidad de vida de millones de franceses; del lugar y rol que ocupan y desempeñan en la sociedad, la economía, el trabajo, la institucionalidad, y de los derechos de los cuales se les priva y excluye.

Y como el fuego en vecindarios inflamables es propenso a propagarse incontenible, cuanto se avizora del encendido en Francia por los “chalecos amarillos” es que se extienda por una Unión Europea, resentida y fracturada también por los mismos y graves síntomas del “sufrimiento social” y de las lacerantes desigualdades económicas, la negación y vulneración de derechos, las precariedades humanas derivadas de las limitaciones en las condiciones y calidad de vida, tanto de sus nacionales como de los inmigrantes forzados que por millares arriban cada año a sus territorios.

En tanto la protesta social de los “chalecos amarillos” le reclama a Macron y este da marcha atrás en el alza de los carburantes, sube en cien euros el salario mínimo, y congela los precios del gas y la energía, por estos pagos de la OCDE, ni siquiera logramos ponernos de acuerdo en el salario mínimo que regirá en 2019.

*Poeta

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