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Apenas un síntoma

En las dos últimas semanas se han publicado en la prensa nacional numerosos artículos y editoriales sobre el transfuguismo o “voltearepismo” de senadores, representantes, diputados y concejales.

Autorizados por la reciente reforma política, un grupo grande de padres de la patria abandonaron los partidos –grupos y grupúsculos, más bien- bajo cuyos nombres se hicieron elegir para pedir entrada en otros con los que no tenían relación alguna. Decenas de ellos se han inscrito en los partidos más poderosos, sobre todo en aquellos que parecen tener posibilidades de acceder al poder en las próximas elecciones.
Lo que no ha dejado de llamar la atención es que los cambios de grupo han tenido lugar a la manera como operan los traspasos en el fútbol profesional o en los equipos de beisbol de grandes ligas: basados en el mero cálculo individual, es decir, en la ganancia personal. No ha habido el más mínimo debate ni por supuesto ningún tipo de reflexión sobre programas o cosas por el estilo.
Lo anterior ha llevado a que quienes se han referido a esta práctica política lo hayan hecho para señalarla como inmoral, casi que como la puñalada final contra la muy deteriorada democracia colombiana. Pero, además, no han dejado, periodistas y politólogos, de mostrar sorpresa y hasta cierto asombro por el volumen y la ligereza del transfuguismo.
A mí, por el contrario, me parece apenas un desarrollo normal, entre los tantos que hemos visto, de una actividad política que hace años dejo de estar regida por los principios de la moral pública. Y lo que sí me asombra es que alguien se sorprenda o se asombre por el proceder de los padres de la patria.
Hace años que vengo observando y escribiendo sobre lo que hoy es de dominio público: honorables senadores y representantes, para no hablar de diputados y concejales, asociados con paramilitares en empresas criminales de la peor especie. Padres de la patria robándose hasta el último peso del presupuesto nacional, y hombrecillos mediocres, inmorales y cínicos convertidos de la noche a la mañana en figuras destacadísimas de la política nacional.
Sinceramente: ¿Hay acaso algo más desprestigiado hoy en Colombia que la actividad política? Pese a que tenemos un grupo pequeño de honrados y brillantes políticos, nadie en sus cinco sentidos defendería al parlamento colombiano. Además, los viejos partidos desaparecieron como tales hace rato, y a la inmensa mayoría de los políticos nuestros los tiene sin cuidado la existencia de programas de gobierno o el deber de cumplir con el electorado que los eligió. Nada les importa, excepto la satisfacción de sus intereses mezquinos.
¡Vaya espectáculo el del Congreso de la República de Colombia! ¿Cuántos senadores y representantes están presos por delincuentes y criminales? ¿Cuántos de los que no lo están en este momento están siendo investigados por la Corte Suprema de Justicia? ¿Y cuántos de los que escapan al poder de la justicia son reconocidos en sus ciudades de origen como políticos inmorales que no se merecen el menor respeto? En realidad, muy pocos se salvan.
Viendo bien las cosas, el transfuguismo es apenas un síntoma más de la gravísima enfermedad que aqueja a la república: un congreso dominado por la corrupción y una democracia agonizante. Ni más ni menos.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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