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Calidad de vida

Me encontré hace poco con un amigo español que no veía desde hacía 20 años. La última vez que lo vi, era un joven exitoso de 35 años. Había ganado mucho dinero como corredor de bolsa y vivía el esplendor de una riqueza que le había llegado casi milagrosamente en uno de esos momentos afortunados de la especulación financiera.

No había sido economista brillante cuando probó suerte como profesor en una universidad de Barcelona, pero su olfato para los negocios, ese repentino sentido de las oportunidades, lo llevó a dar dos o tres “golpes” afortunados en uno de esos períodos de bonanza que preceden a las crisis cíclicas de la economía.
Pau compró un apartamento en uno de los barrios más caros de la capital catalana; le gustó una ruina del siglo XVIII, en un pueblo encumbrado de los Pirineos. La mandó a restaurar conservando el estilo de época. En menos de un año, era su residencia de verano.
Frecuentaba los mejores restaurantes de Barcelona, Madrid y San Sebastián y estaba siempre acompañado de las mujeres más guapas y elegantes del mercado. Me decía que lo hacía para curarse del dolor que le produjo haber sido abandonado por su primera esposa, debido a las dificultades económicas que había conocido antes de ser visitado por la fortuna.
Cuando dejé de verlo, en 1990, era la imagen misma del optimismo que inyecta la fortuna. Supe, años después, que le seguía yendo bien en la bolsa y que se había metido en negocios inmobiliarios en la Costa Brava. Dos veces al año, acompañado por la novia de turno, hacía viajes a los lugares más exóticos del mundo.
Visitarlo en su casa era una experiencia exquisita: se comía muy bien y se bebía mejor: vinos de cosechas históricas, whiskies de Malta, champagne francés, cava catalán, siempre extra brut. Todo esto era ofrecido a los visitantes de la manera más natural y sin exhibicionismo, como si el anfitrión hubiera conocido la riqueza desde niño.
Hace apenas dos años, cuando la crisis del sistema financiero cayó como un rayo mortal sobre millones de norteamericanos y europeos, me acordé de Pau y pregunté por su suerte. Me dijeron que estaba capoteando el temporal. Había tenido que hacer frente a créditos que no podía pagar; los negocios inmobiliarios colapsaron y las operaciones de bolsa estuvieron a punto de dejarlo en los rines.
Lo volví a encontrar de casualidad en Bogotá. Tenía pensado abrir un modesto hotel cerca del lago Atitlán, en Guatemala, para tratar de salvar 80 mil euros que le habían quedado después de la crisis. Había engordado. Y el traje de Armani que llevaba, parecía un lujo de otras épocas. Era, sin duda, un vestido de rico exhibido por una persona que estaba conociendo la pobreza.
Le pregunté por sus proyectos. Me dijo- y esto justifica el tema de esta columna- que se proponía adelgazar y quitarse de encima los 15 kilos de sobrepeso que le dieron el fracaso económico y la mala alimentación. Quería adelgazar, pero, sobre todo, en el tamaño de sus necesidades. Ser rico sin la seguridad de seguir siendo rico fue más angustioso que recordar que alguna vez había sido casi pobre y casi feliz.

Escritor

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