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Cartas

Hace años a muchos nos seducía la ambición de las cartas abiertas. Su nombre incitaba a conocerlas por contrariar la naturaleza de las cartas que se conocían.

Las cartas se caracterizaban por recibirse cerradas y su tono surgía de ese empeño personal capaz de crear en la intimidad la presencia del otro ausente. Añoranza, dulzura, espera, decepción, rupturas: las palabras se convertían en sentimientos. Hacían reír, llorar, desear. Su sigilo era protegido por la ley: violación de correspondencia. Iban dirigidas a alguien, aun las de amor que se compraban al escribidor; aun las ominosas donde la miseria utilizaba las palabras medio aprendidas para amenazar y chantajear. Tenían un remite.
No es reciente la ampliación de esas letras que nacían en el secreto y se leían en la discreción. Esquelas que Alejo Durán cantaba: un papelito, va lleno de capricho. Su uso hizo de las cartas un género de la literatura y de las comunicaciones. Se clasifican.
De algunas se sabe más de quien las escribió y las remitió. Así San Pablo y sus epístolas. Maestro para las cartas abiertas. Pablo de Tarso escribió epístolas a los Corintios, a los Efesios, a los Gálatas, a los romanos. También las leemos macedonios, de Creta, de Patmos, colombianos, austríacos, polacos, alemanes. Ayer y hoy las leemos como si el tiempo no importara. “Por la palabra de dos o tres testigos se zanjará todo asunto”. Tanto falso testimonio.
Por esta época las cartas abiertas se dirigen a alguien, casi siempre una autoridad o alguien prominente en la sociedad a quien se le ruega algo. Por lo general su contenido es moral, o la forma colectiva de la moral que es la política, y pocas veces especializado. La especialidad tiene que ver con la apelación de las cartas abiertas cuyo fundamento está más allá de lo instrumental, de los procedimientos, y apunta a las nociones que sirven para tejer comunidad.
Entre el manifiesto y las letras a la vista, la carta abierta se ofrece como propuesta de adhesión que muchos firman por razones de dignidad, de rechazo, de justicia.
A las cartas abiertas acuden quienes no tienen canales de expresión institucional. O sea carecen de: partidos políticos, agremiaciones de oficios, juntas de vecinos, asociaciones de artistas, familias tribales de rancias prosapias, juntas de accionistas. Apenas eso que Alberto Lleras llamó la voz inerme, desarmada.
Pero resulta que en estos días he sentido cierta vergüenza de firmar esas expresiones abiertas, dirigidas al rey, al presidente, al juez, al Papa, al inspector, a los bomberos, al alcalde. Tengo la desoladora convicción de que no sirven: ni a la autoridad, ni a la comunidad. ¿Cartas para qué?
Parece como si quienes firmamos jugáramos a lo mismo de las autoridades: resolver los procesos por fuera de la legalidad, por el impacto de escándalo de un titular efectista, impreciso.
Ya sé. Los escritores y artistas queremos lectores, espectadores, recipientes de una conciencia nueva. No sé si las cartas abiertas que buscan la indulgencia de la firma prestigiosa, ¡oh! el prestigio, sirvan para el designio transgresor y revulsivo del arte.

*Escritor

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