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Censura

Supe, hace poco, que se está caldeando un proyecto de ley contra la revista SoHo y las demás publicaciones de esta índole. El objetivo es lograr que en los puntos de venta, las portadas sean cubiertas con una bolsa de papel oscura y gruesa. Un método comercial que contradice la naturaleza misma de una revista. Si los espectadores no pueden ver qué contenidos alberga la edición, entonces ¿cómo venderla?

Personalmente siempre he tenido problemas con SoHo. Si la he despreciado, rechazado e incluso detestado, es por lo que la revista representa en el binomio hombre y mujer. Muchas mujeres conocemos el alcance de la lujuria masculina, y su proximidad con cierto viso de violencia. Esto ocurre, por ejemplo y comúnmente, en las calles. Las mujeres soportan comentarios que bordean la bajeza y el irrespeto. No son los piropos divertidos y seudo romanticones que algunos saltarán a defender con ahínco; se trata de muecas despreciables, cargadas de lascivia y agresión.
En esta línea, y a mi modo de ver, SoHo refuerza esta lógica de doblegamiento, por así decirlo. Las mujeres que escogen desnudarse para la revista son indulgentes con ese raciocinio. Si bien a primera instancia la cualidad arrebatadora del sexo femenino parece un poder, al final, postrarse como un pedazo de cosa para la masturbación y el deleite agreste de muchos anónimos, es otorgar a los hombres un poder para violentar a la mujer. Es un poder clásicamente patriarcal en el que ésta tiene siempre una connotación objetual, y por ende, debe ser doblegada por la fuerza inclemente de la libido. Por eso me desconcierta que para leer buenas crónicas o relatos de calidad, éstas tengan que venir acompañadas de muestras crudas de vulgaridad.
Por eso también no deja de asombrarme cómo mujeres con espléndidas figuras y constituciones físicas tan deslumbrantes, escojan desnudarse para afirmar su deseabilidad. O al menos, confieran a la masculinidad agresiva este dominio. La belleza femenina es un poder para muchos, tal vez, pero al final de cuentas, también es un poder susceptible en sí mismo. Y cuando se ejecuta de esta manera, cuando se trata de ser indulgente, deja de ser poder. En fin. Este es mi punto de vista. Uno entre muchos y millones.
Unos escasos días atrás, el programa televisivo que adelanta Daniel Coronell en Canal Capital escenificó la diatriba. Apareció el editor de SoHo vs. un cura que intentaba defender el proyecto de ley. Sus argumentos eran clásicamente predecibles en este país carcomido por una culpa cristiana mal encauzada: SoHo es pornografía, cosifica y denigra a la mujer, ergo, hay que suprimirlo, proteger la moral, prevenir la susceptibilidad que involucra, por ejemplo, a los niños, cuando van al supermercado y observan la revista en las estanterías.
Ya hace décadas, toda esa oleada febril llamada revolución sexual desató debates impresionantemente parecidos. ¿Cuál es la diferencia entre arte erótico y pornografía? Depende de quién lo mire. Es absurdo, anacrónico e irracional pretender invalidar una postura a costa de la propia.
Por mi parte, incluso como empedernida opositora de SoHo, me rehúso a secundar un proyecto que disfraza o entibia sus argumentos para lo que, de fondo, es llanamente censura. Ese acto retrógrado de vetar al otro por disensión. Cualquier tajada argumentativa no confiere facultad para la supresión. A estas alturas de la historia humana, ¿todavía debatiendo que no existen verdades absolutas?

*Historiadora, periodista y escritora

rosalesaltamar@gmail.com

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