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Centros

Las ciudades, como muchos cuerpos humanos, crecen hacia los lados. Acumulan tejido adiposo en el centro, pero la masa se expande hacia fuera y amplía el perímetro urbanístico o humano. En las ciudades y en los cuerpos, periferia es lo que rodea cintura y centro.

Las ciudades de los países en vías de desarrollo o francamente subdesarrolladas tienen crecimiento adiposo. Por una mala dieta alimenticia o por exceso de población, lo que fue centro de la vida urbana deja de serlo. Por eso las periferias se inventan sus propios centros. Desde hace ya varias décadas, son los centros comerciales.
Si uno recorre después de algunos años los centros de muchas ciudades latinoamericanas modernas, comprobará que ya no son lo que fueron. Se han convertido en escenario de la informalidad económica y social. La densidad de población es abrumadora, pero lo que ocupa en el día se dispersa en la noche.
Al centro de las ciudades llega hoy lo que no tiene razón formal de existencia: oferta y demanda sin control, trabajo sin empleo, rebusque sin ley, esperanza sin objeto. Por eso, lo que primero se degrada en las ciudades modernas es el centro. O lo que fue centro.
Sin embargo, a muchos centros los salva el hecho de tener historia y monumentos que responden a esa historia. En nuestro caso, historia colonial. Así que el prestigio de estas ciudades no está en función de las periferias caóticas y adiposas que se levantaron con el paso de los años, sino en sus centros históricos.
A partir de aquí se crea una subordinación injusta entre el centro que se muestra y la periferia que se oculta, entre la periferia que se abandona a su suerte y el centro que se cultiva orgullosamente. Las periferias no se muestran porque, al parecer, “manchan” el prestigio del centro.
Los centros patrimoniales de origen colonial sufren metamorfosis casi inevitables: se conservan y restauran por sus valores arquitectónicos y su carga de memoria, pero a medida que empiezan a ser parte del mercado inmobiliario y turístico que les confiere prestigio social, expulsan con métodos no siempre sutiles a sus antiguos pobladores.
Una opción: cultivar y proteger centros fantasmales, blindándolos del impacto depredador de las periferias. Otra: regular la vida de esos centros como espacio público donde todos caben, pero, sobre todo, donde cabe la periferia. En el primer caso, la protección es segregacionista y antidemocrática, además de costosa: desalojar cuesta tanto como vigilar policivamente.
La segunda solución es la más razonable e impone desafíos a planificadores urbanos y administraciones. Hacer respetar con sanciones las normas que protegen la integridad de los centros patrimoniales, implica la implementación de procesos de educación ciudadana y creación de confianza colectiva.
No es por pertenecer a la periferia por lo que se concede el “privilegio” excepcional de disfrutar del centro, sino porque, como ciudadano de una ciudad con centro y periferia, tienes derecho a disfrutarlo. El centro ideal es aquel que se democratiza con la periferia.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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