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Comedia de equivocaciones

Los hechos desencadenados en Honduras el pasado 28 de junio, más que una tragedia presentan visos de comedia. De comedia de equivocaciones. Pero, tal como se han venido presentando los sucesos, los errores en que han incurrido los actores de los acontecimientos lamentables, permiten concluir que hemos sido espectadores de un sainete. Donde, como suele ocurrir, la peor parte se la lleva el ciudadano de la calle.

Figura central en esta representación escénica ha sido el depuesto presidente Manuel Zelaya. Con su sombrero de amplia ala y abundante mostacho, Zelaya luce como lo que había sido, un próspero empresario del sector rural, que por un golpe de suerte llegó a la primera magistratura de su país. La sindéresis y la madera de estadista no son características humanas de este prototipo de líder, que en Latinoamérica logra ponerse sobre la cresta de la ola. Una ola que aparecía como de centro derecha, posición ideológica que prontamente abandonó, seducido por la diplomacia de los petrodólares del teniente coronel Hugo Chávez.
Producido el viraje político, Zelaya siguió la receta de su mentor: ingreso de Honduras al famoso ALBA y maniobras de rábula para perpetuarse en el poder, al mejor estilo de sus corifeos del socialismo del siglo XXI latinoamericano.
Del otro lado, los intérpretes de este entremés no son un dechado de buen juicio y acierto en el manejo de una compleja coyuntura. Si el señor Zelaya había incurrido en graves violaciones constitucionales y legales, no eran las fuerzas militares las llamadas a destituirlo de su cargo. Y menos de obligarlo a salir de su residencia en pijama, para conducirlo fuera del territorio nacional.
Podría decirse que los dirigentes del “establecimiento”, a saber, el Congreso, la Corte Suprema de Justicia, la jerarquía católica y el empresariado, sirvieron en plato dorado la situación, para que la izquierda mundial abriera fuego en contra del gobierno de facto. Porque lo que se configuró fue el golpe de estado clásico, de moda en América Latina hace varios lustros.
El saldo de experiencias de esta tragicomedia es variopinto: la inoperancia de la OEA y de su flamante Secretario José Miguel Insulza, el traspiés del timonel Chávez y el riesgo del renacimiento del sarampión golpista militar, que tantos dolores de cabeza produjo hace algo más de tres décadas en América Latina. La única luz al final del túnel la tiene en sus manos el presidente Óscar Arias, cuyo prestigio merecido a favor de la paz ha entrado ahora a prueba.
La crisis de Honduras genera toda suerte de preocupaciones. Y suscita interrogantes sobre la mejor forma de evitar los deslices izquierdizantes, así como el camino más aconsejable para salvar la institucionalidad, cuando la amenaza el apetito de poder de un caudillo, así como la inconveniencia de consagrar el manejo del poder político a través del tiempo, mediante la prórroga de los mandatos otorgados a los jefes de gobierno.
La anticipación de las elecciones quizás pueda ser la salida para las dificultades serias que enfrenta la nación hondureña, cuyo pueblo aparece polarizado políticamente, con el fantasma de la guerra civil, como trasfondo del conflicto actual, algo que tan duras lecciones ha dejado en Centroamérica.

*Abogado Consultor en Minas e Hidrocarburos.

marcan@etb.net.co

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