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Comer basura

Una de las escenas más conmovedoras de mi infancia es la que se desarrollaba cada madrugada en el matadero municipal de Buenaventura, no muy lejos del barrio donde vivía con mi familia.

Todos los niños lo sabíamos: las piltrafas de carne que hombres y mujeres vendían a partir de las seis de mañana, eran el botín que se salvaba al despellejar y descuartizar las reses.
Cada madrugada, había disputas violentas entre los que recogían aquellos desechos. Se sabía que, a veces, la disputa acababa en lances mortales a cuchillo y machete entre los “recicladores”, afrodescendientes miserables que ocupaban los ranchos de palafito que invadían casi milagrosamente los esteros de Buenaventura.
De eso hace más de 50 años. Por eso, porque la memoria se obstina en recordar aquello que nos hiere, sentí que hacía un viaje hacia la miseria mientras leía la extraordinaria crónica de Rubén Darío Álvarez titulada “Comer basura, una forma de reciclaje”, publicada en “Facetas”, la sección dominical de El Universal.
“Desde las 8 de la mañana -narra Álvarez-, cuando los escobitas han depositado por lo menos unos diez tanques de la basura que vienen recogiendo en los alrededores del mercado, Armando y sus compañeros empiezan a hurgar para extraer el ají pimentón, la cebolla blanca, el cilantro, el cebollín, el repollo, la lechuga, el aguacate, el zapote, la piña, el plátano maduro y otro montón de comestibles que las colmenas desechan cuando la putrefacción ataca.”
De eso viven algunos recicladores de Cartagena. El resultado de esa búsqueda es vendido para que sea utilizado en comidas baratas que se preparan y venden en barrios de miseria de la ciudad y hasta en el mismo mercado. De esta actividad derivan el sustento los recicladores. El sustento incluye su dosis diaria de droga, como lo registra Álvarez en su crónica.
Es muy probable que en los mataderos de Cartagena se siga haciendo lo que se hacía hace cincuenta años en el matadero de Buenaventura. Lo que indigna y subleva no es que se siga haciendo, sino que las razones por las cuales se hace sean las mismas o de peor tamaño a medida que el país recorre caminos de progreso material, según dicen sus gobernantes.
Comercio de desechos y economía de supervivencia. Uno creería que el mundo camina hacia la abolición de esta clase de oficios. Pero no. El mundo camina hacia el patético perfeccionamiento de nuevos oficios del hambre.
Una lectora extranjera de mi novela Rencor me preguntó si era cierta la imagen de los alcatraces moribundos y hambrientos que merodean por la parte posterior del mercado de Bazurto, a la orilla del lago. Ella creía que ese episodio era apenas una metáfora literaria de la pobreza. Le respondí que los alcatraces vivían en un rango igual o inferior al de quienes rebuscaban alimentos entre los escombros.
Si volviera a encontrarme con esa lectora, le daría a leer la crónica de Rubén Darío Álvarez. Nadie, desde el mundo de la riqueza, se imagina las bajezas que el ser humano sigue haciendo para malvivir en medio de los desechos, en los mercados y los basureros.

*Escritor y periodista, Doctor Honoris Causa en Literatura por la Universidad del Valle.

salypicante@gmail.com

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