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Como pintor sin lienzo

Alguna vez dije que odio la Escuela. Puede ser un absurdo cuando también es cierto que desde algunos años estoy convencida de que la educación es la única estrategia efectiva para salir de la miseria a la que están condenados nuestros pueblos. Los pobres serán los más pobres. Se habla de la feminización y la infantilización de la pobreza. Son las familias pobres con mayor número de niños y niñas, aquellas familias que mañana serán miserables.

En el 2006 escuché los resultados de un estudio de la CEPAL que demostraba que la educación era la única manera para modificar la balanza que marcaba como destino seguro la pobreza de la pobreza. No cualquier educación. No basta con ir a la escuela y ya. No basta con aprender a leer y a escribir. Se necesita mucho más que eso para salir de pobre, pero por algo hay que empezar y obviamente la escuela puede significar un buen comienzo del camino.
Hace un par de días tuve la oportunidad de estrechar la mano de Edgar Morin. El hombre tiene una cara como si siempre se estuviese sonriendo. Ahora me cuesta imaginarlo preocupado por dar respuesta a los saberes imprescindibles para un sistema educativo.
A finales del siglo pasado, hace 10 años, Morin publicó Los siete saberes necesarios para la educación del futuro. Para entonces, Federico Mayor, ex director de la UNESCO, escribió un prefacio en el que reconoce que la educación es “la fuerza del futuro” y señala la necesidad imperante de la transformación en las políticas y programas educativos.
Aún era pequeña mi hija cuando me dijo que, respecto al colegio, sentía que era como cuando a un pintor se le acaba el lienzo. Fue también en el colegio donde le insistieron que tenía que amar a Dios más que a su madre, lo que provocó en ella una molestia intensa en la que reclamaba que Dios era un señor que nunca había visto.
He visto niños y niñas que odian la escuela, que lloran cada mañana y ruegan para que los dejen en casa. Conocí a una niña que mojaba el uniforme como una estrategia poco efectiva de evasión a la escuela, considerando que una vez la hicieron ir con el uniforme mojado y le tocó esperar que se le secara sobre su frágil cuerpo sometido.
Mi hermano, por ejemplo, a los 6 años descubrió que tomar Coca Cola a primera hora de la mañana le provocaba vómito. Así parecía enfermo y le dejaban quedarse en casa. Muchas veces lo encontré en la puerta de la nevera, pegado a la botella esperando la razón para ser feliz por lo menos por ese día.
De eso se trata. De la felicidad. Mientras la escuela siga siendo tortura nadie saldrá de pobre y la CEPAL habrá perdido su tiempo y sus buenas intenciones. Mientras el maestro siga gritando y siga siendo el único dueño del conocimiento, mientras sigamos creyendo que vale la pena sacrificar la infancia para ser alguien en la vida, como si ser niño o ser niña fuera ser nadie…, mientras no se aproveche el aula de clase para cuestionar el mundo, para cuestionarse a sí mismo, para preguntarse, para dudar, para soñar, para estar cerca de nosotros mismos y cerca de los otros, mientras se confunda disciplina con formación, mientras las tareas sigan siendo la razón de las disputas familiares a las 7 de la noche, todos seguiremos siendo pobres, miserables y sobre todo, inevitablemente infelices.

*Psicóloga

claudiaayola@hotmail.com

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