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Contra tensiones

De los aeropuertos de montaña, el de La Nubia, en Manizales, conserva un delicado encanto. Parece un poder del aire y de la luz, del verde de las faldas, del brillo del nevado en los amaneceres despejados, que lo protegen de los miedos de volar y de los sustos.

Lo conocí en los tiempos en que la pista recibía avionetas de nueve pasajeros con un bamboleo de las alas a un lado y al otro. Alguna vez viajé después de acomodarnos en la pequeña sala con siete ataúdes en los cuales guardaban los cuerpos que recogieron de un accidente aéreo del día anterior. Me concentré en pensar que era una avanzada de los vampiros para espantar el terror.
Por esos años en Manizales se realizaba el Festival de Teatro de más renombre y de mayor interés de América Latina. Era una fiesta de la escena que se derramaba de las salas a la calle. Se asistía a los montajes, conferencias y talleres todo el día y se discutía y se abrazaba toda la noche.
A pesar de los festejos en libertad se podía percibir algo recatado en el ambiente de entonces. Un recato asediado por los diablos foráneos. Ese momento en el cual la falda de las mujeres está indecisa entre arriba o abajo de las rodillas y el caminar por calles empinadas forma unas rotundas pantorrillas y amplía las caderas. Así bailaban los inexplicables pasodobles, tan aburridos.
Hace poco debí viajar en compañía del escritor Octavio Escobar para atender una invitación de la Universidad de Caldas. Octavio pertenece a la generación de Jaime Echeverry y Eduardo García Aguilar, quienes hacen creativas travesuras para renovar el lastre de una narrativa que fue moldeada por el buen decir.
Fue Octavio quien me convidó a ese precioso ejercicio de matar el tiempo. Práctica sumida en el olvido por el vértigo estéril de las ciudades grandes y su ritmo descuajado.
Matar el tiempo, como los ritos fundamentales, requiere de un territorio. Y Octavio Escobar, quien abandonó su profesión de médico ante los venenos para los que no encontró antídoto de la literatura, tiene una zona bien demarcada. En los días límites entre la frontera del curador y la aventura del hacedor de ficciones, él se refugiaba en las noches de turno en el hospital, en las salas de enfermeras adormiladas o en el frío sótano del anfiteatro, para escribir en el portátil de pantalla líquida algo que sus colegas pensaban que eran recetas.
Ahora no le preguntan por reumatismos, ni cólicos. Observé que le interrogan por sus novelas. Se sienta a corregirlas en la zona a la cual me condujo a matar el tiempo. Antes con sigilo de poeta me advirtió: vamos a espiar las sombras de la belleza.
Así fue. El café, casi al aire libre, lo construyeron en la vieja estación del cable de Manizales. Esa manera en que el presente asume al pasado en las urbes me seduce. Imagino el cable, sus torres entre la maleza y los ríos y las acacias y arrayanes, serpenteando hasta la estación de Mariquita con sus grandes vagones o canastas colgantes llenas de productos de la tierra y niños alegres.
Entonces vi el cambio. Unas muchachas entre el declive de la luz caminaban por entre las mesas como si la jornada larga no las hubiera tocado. Sin restos de pasodoble parecían en una playa. Erguidas, retadoras. Quizás intocables. Y uno ahí, congelado de belleza, de indeciso asombro.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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