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Desempleo y miseria

El país entero amaneció ayer hablando de la situación grave que viven los colombianos por la ausencia de empleo. Pese a que el conjunto de problemas y escándalos es cada vez más grave y amenazan con acabar en los últimos cien días de gobierno con la buena fama del presidente Uribe, casi todos los periódicos importantes centraron su preocupación de principios de semana en las cifras terribles del desempleo y empleo informal.

Es como si todos empezáramos a ponernos de acuerdo en un hecho fundamental: nada es más grave hoy que el estado de miseria y de desesperanza de más de 30 millones de colombianos que no tienen trabajo o que se desempeñan en oficios informales, cuyos ingresos no llegan al salario mínimo. Ni la corrupción ni la violencia amenazan a largo plazo la estabilidad de la nación tanto como el problema estructural que significa la falta de oportunidades de trabajo. Ambas se alimentan, en últimas, de la angustia, la desesperanza, la ira y la desesperación de los desempleados.
Las altas tasas de desempleo masivo han desafiado en Colombia los períodos de mayor prosperidad y crecimiento económico. Y las explicaciones abundan. Institutos muy prestigiosos de consultoría como Fedesarrollo han propuesto soluciones que, curiosamente, tienen gran parecido con algunas de las recetas de siempre, que por lo demás no parecen requerir de mucha imaginación: bajar el salario de los pobres aún más y aumentar las ganancias de los empresarios, vía eliminación de los impuestos, llámense estos parafiscales o tributación directa, etc. El lío es que estas propuestas, que lucen audaces, las hemos intentado ya sin éxito. Y nada indica que lo tendremos ahora. Será más de lo mismo.
¿Qué hacer, entonces? No soy economista y mal podría presumir de tener una respuesta, que no han encontrado estudiosos serios de nuestra economía. Me atrevería, eso sí, a insinuar una reflexión. En primer lugar, acudo a la historia. El desempleo alto y la informalidad laboral han sido una constante casi general en la historia colombiana, al menos, que sepamos, desde el siglo XVIII. Don José Ignacio de Pombo se quejaba en 1804 de la gran cantidad de vagamundos que caminaban las calles de Cartagena, y recomendaba una serie de reformas para aliviar el desempleo.
Y de informalidad, ni hablar. Casi todo el trabajo fue a lo largo de la colonia, siglo XIX y buena parte del XX, trabajo informal, azaroso, mal pagado y en gran medida rural y selvático. Además, vinculado en proporciones altas a dinámicas de economía ilegal.
En vez de seguir escribiendo tratados inspirados en las enseñanzas de las grandes escuelas de economía norteamericanas acerca de cómo derrotar la informalidad y el desempleo, valdría la pena que los tecnócratas volvieran a estudiar en serio la historia colombiana, se compenetraran con las realidades nuestras, no sólo con las teorías, y aprendieran sobre el peso que tienen ciertas tradiciones culturales en el comportamiento de los individuos en su relación con la economía.
Quizás en esa historia terca de informalidad, ilegalidad, corrupción y violencia esté la clave para salir del atolladero de una economía que ni en sus grandes momentos es capaz de aliviar la miseria. Seguir enriqueciendo a los ricos y empobreciendo a los pobres no es la solución.

*Historiador. Profesor de la Universidad de Cartagena.

alfonsomunera55@hotmail.com

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