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Don dinero caballero

La sentencia según la cual todo es capaz de empeorar tiene soportes en la historia íntima colombiana. Esta historia privada así llamada en oposición y para distinguirla del bullicio de la historia que termina por esculpirse en monumentos, libros y odas, tiene la peculiaridad de surgir al público acompañada del escándalo, del rompimiento del secreto que cubrió actos nobles y pecaminosos; vergüenzas y bondades silenciosas.

Una vez destruida la autoridad de los partidos políticos se retornó al imperio de los feudos. Con el pretexto de meterle pueblo al sistema terminaron desplazados quienes constituían la cúspide. Quedaron sin oficio, los jefes que organizaban las listas para los órganos de representación y repartían dignidades. La malicia popular denominó a esta conducta el bolígrafo.
Como una aplicación de procedimientos coloniales, la compra de empleos, las canonjías, los colombianos que accedían a un empleo público entregaban un porcentaje de su salario al padrino que los ayudó a obtener “un puesto”, como decía la inocencia común. El que no tiene puesto queda de pie. Esta captura de una manifestación política, que por cierto servía para sostener la fachada de la democracia, ahondó sus estragos. Se abandonaba la participación en un partido determinado por el torpe gesto de sobrevivencia de compraventa. Cuando Carlos Lleras inició la crítica de “la clientela” era tarde. El sigilo se había convertido en un monstruo. Los capataces de la política encontraron en lo público el más rentable de los negocios.
Pasar de la exigencia de quitarle a alguien una parte de su sueldo a la consagración del agalludo que mete mano en contratos es bajar la acera. Y descubrieron el pernicioso negocio: la pobreza produce riqueza. No para el desposeído.
El efecto devastador de esta manera de resolver la vida y participar a los empellones en la construcción de sociedad es la corrupción. Ésta no consiste sólo en el robo, la trampa, sobre aquello que integraba el común. No. Su consecuencia perversa es moldear la mente de la comunidad hasta convencerla de que un estado de cosas inadmisibles tiene justificación.
Lo que se conoce por estos días muestra la generalizada conciencia incompleta. Los guerrilleros entregan sumas incontables de dinero para las campañas políticas. Esperan una retribución. Los narcotraficantes superan cualquier aritmética. Piden lo que piden. Los paramilitares aportan dinero y constreñimiento. Y esperan. Los empresarios pisan de manera anticipada una prerrogativa por venir. Los pobres ciudadanos del común dejan de ir a cine, o pagar la cuota del carro, o ir de vacaciones, y dedican los descansos a convencer, a pegar afiches, a hacer tómbolas para un candidato.
Lo que produce incredulidad y risa es que los anteriores sujetos afirman contribuir a la democracia. La democracia banco, la que no opera sin dinero.
¿No habrá llegado el momento de expulsar el dinero y desmontar el delirio de las encuestas, la publicidad, los gritones, los cocineros de sancochos, las licoreras, los escribidores de programas para incumplir, y comenzar a diseñar una manera distinta de proponer y transformar?

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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Comentarios

...maestro, una respuesta

...maestro, una respuesta modesta a su pregunta: Es posible que ese momento no llegue, si no que se debe construir. Una vez habido, para comenzar a diseñar esa manera "distinta de proponer y transformar", se debiese conocer y aprehender ¿qué? y ¿para qué?. Por historia, "el qué" podrís ser sencillo: un conglomerado social pretendiendo estar en una curva de ascenso dentro del gradiente de lo que historicamente se ha llamado civilizaciones, sin menospreciar la relatividad de este termino. Lo otro (¿para que?), puede resultar dentro de lo complejo....