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El 20 de Julio: su historia olvidada

Cualquier historiador que estudie con mediana seriedad los acontecimientos políticos de 1810 encontrará sin mucha dificultad una primera verdad: el 20 de julio de 1810 no fue el inicio del movimiento de independencia ni en Santa Fe ni mucho menos en una república de Colombia que no existía como proyecto en ese momento.

¿Por qué entonces celebramos con conciertos y espectáculos de juegos pirotécnicos como si en realidad ese día de hace 200 años fuese la gran fecha de nuestra independencia? Por una razón sencilla que nada tiene que ver con sus contenidos reales: porque en la lucha intensa y larga entre las provincias por el poder, que atravesó casi todo el siglo XIX, los bogotanos triunfaron finalmente e impusieron el 20 de julio, junto con la memoria de sus hazañas y de sus propios héroes, como efeméride suprema de la República.
La labor del historiador, que con mucha frecuencia se aleja de la búsqueda de la verdad para beneficiar intereses ideológicos y políticos, actuó en este caso como instrumento para legitimar el derecho de Bogotá a ser el centro del poder. Fueron sus héroes, Camilo Torres, José Acevedo Gómez, Francisco José de Caldas, etc., consagrados como fundadores de la patria. Y fue la capital la que irradió la libertad y la independencia a las provincias.
Lo grave es que para inventarse esta historia los académicos acomodaron los hechos y suprimieron acontecimientos cruciales, de modo que se alteró lo sucedido en esa fecha del 20 de julio. Y lo más patético, casi hasta ridículo, es que la única discusión que parece interesarle hoy a muchos periodistas es si lo que se fue a prestar a la casa del señor González Llorente fue un florero o un charol.
La narración magistral de los hechos bogotanos, que transcurrieron del 20 de julio al 16 de agosto de 1810, brotada de esa pluma soberbia de Indalecio Liévano Aguirre, ha sido deliberadamente olvidada. Y no es para menos: en vez de contarnos el cuentecito infantil del florero, Liévano definió el 20 de julio en Los Grandes Conflictos Sociales y Económicos de Nuestra Historia como “el día en que comenzó la batalla entre la oligarquía y el pueblo.”
Con maestría contó quiénes habían sido los verdaderos héroes y quiénes los traidores, pusilánimes y cobardes. Mostró cómo la batalla decisiva contra el virrey la libraron los artesanos de los barrios populares, dirigidos por José María Carbonell, mientras que los Acevedo, los Torres y compañía, es decir la aristocracia criolla, conspiraban contra el pueblo y se aliaban en esos días decisivos a las autoridades españolas.
Conmemoramos, sin embargo, esta fecha sin parar mientes en que desconocemos a esos héroes, anónimos la mayoría de ellos, que de verdad lucharon por la independencia absoluta, por la democracia y por las reformas sociales, al mismo tiempo que rendimos honores a unos líderes que durante esas tres semanas decisivas pactaron con el virrey y contra el pueblo.
En todas las escuelas de Bogotá, y, por qué no, del país, deberían leerse para estos días las páginas admirables en las que Indalecio Liévano narró la historia real del 20 de julio. Tan parecida, por cierto, a la nuestra del 11 de noviembre.

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