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El discurso de Benedetti

El Presidente del Senado, Armando Benedetti, desperdició el 7 de agosto dos oportunidades: una, demostrar que había grandeza en la presidencia del nuevo Congreso, y, dos, que no estaba obligado a decir verdades estadísticas, por un lado, y por el otro a cantar loas a quien más molesto debía de estar con las verdades.

Benedetti creyó que hablaba para la parroquia (el Chicó o Prado, ¡qué más da!) y no para presidentes de repúblicas amigas, primeros ministros, cancilleres de otras naciones, representantes de los ausentes y el príncipe heredero de la Corona española. Y, por supuesto, para los colombianos. Pero resulta que hizo un discurso desabrochado para una sesión ordinaria del Congreso.
Sólo Benedetti sabe lo que le dijo al oído el ex presidente de la República, Sr. Uribe Vélez. ¿Lo regañó? Podría haberlo regañado (ha sido su papá político en 8 años) por mentar la soga en casa del ahorcado, por haber dicho que en ocho años de gobierno habían crecido las desigualdades, pues “de los 15 países más desiguales del mundo, 10 son latinoamericanos, y entre esos 10 Colombia ocupa el octavo lugar, apenas superada por Bolivia y Haití.”
Sin proponérselo, Benedetti casi convierte la “cohesión social” en coerción social, mientras Uribe aplaudía fatigosamente, como si amasara arepas. Le recordó que “el 49% de nuestros compatriotas es pobre y el 17% está en niveles de indigencia.”
No estaba mal empezar un discurso con cifras conocidas por los presentes. No está mal llover sobre mojado, pero Benedetti no tuvo el tacto de prever que mojaba a los presentes. Luego pegó un brinco y ofreció “pruebas” de lealtad al ex presidente que estaba a sus espaldas. Y estas “pruebas”, estas loas, debieron de parecer pintorescas a los visitantes: no había en la historia de América Latina y del mundo un presidente de tanta popularidad ni de tanta permanencia en el gobierno como Uribe Vélez. ¡Toma ya!
Todos sabemos que el caribeño tiene una irrefrenable tendencia a la hipérbole, pero esas loas, cantadas en presencia de dignatarios extranjeros, sonaron a “realismo mágico” envuelto en mala prosa. Hasta la palabra “teflón”, que sólo tiene significado en el repertorio metafórico de la cocina colombiana, salió a relucir en un discurso que se permitió la licencia poética de creer que la expresión “buen viento y buena mar” era de origen caribeño y no la más castiza de las expresiones.
El problema del discurso no era sólo su prosa. Esto podría entenderse: los hijos no heredan necesariamente las virtudes de sus padres. Benedetti cometió el error de hablar ante los jueces de crímenes sociales (en esas proporciones, la desigualdad es un crimen social) cometidos por la indiferencia de los gobiernos de quien tenía a sus espaldas, pero a quien, si nos atenemos a los elogios, él creía inocente.
Benedetti perdió la oportunidad de hacer un discurso sobre las desigualdades existentes entre periferia y centro, algo que apenas tocó de paso citando a Adolfo Meisel. Allí hubiera estado la grandeza: las desigualdades no son sólo un problema nuestro; las periferias pobres del mundo siguen reclamando justicia a los centros.

*Escritor

salypicante@gmail.com

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