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El perdón

Desde aquel acto que podría comprenderse entre el desprecio por lo inevitable, la compasión humana o la soberbia divina, esas palabras de Cristo en la cruz: Padre, perdónalos, que no saben lo que hacen, hicieron ingresar al perdón en el territorio de lo sagrado. Tal vez la esencia del perdón, como decisión humana, consista en su ausencia de motivo. Se perdona porque sí.

Sin embargo, en la expresión del crucificado, la primera de las siete últimas, surge un fundamento del perdón. Éste no es otro que la ignorancia. Es decir, se debe perdonar cuando no hay conciencia de la falta, o la ofensa. A pesar de ello, las heridas, las burlas, las dudas sobre la condición del hombre en la cruz, todo un agregado de miserias a la sentencia a muerte del tribunal de Pilatos, miserias que agravaban sin legitimidad la pena, mostraban más que ignorancia, una crueldad impía. El festín de destruir a otro que a pesar de los pesares es nuestro semejante.
Es de suponer que el ejercicio del perdón le plantea problemas a la justicia, entendida ésta como una reparación convenida del agravio. Y quizá sean las construcciones sociales y políticas de la justicia una de las conquistas de importancia en el empeño humano de ser y reconocernos como dignos en fraternidad y solidaridad. El esfuerzo complejo de pensamiento para avanzar en la conformación de sociedades libres con igualdad de oportunidades y dejar atrás la venganza, el desquite del ojo por ojo, o de la desmesura de la vida de diente por diente, es de los bienes que hay que preservar y desarrollar más, hacia un horizonte de humanidad deseada.
En el concepto de justicia imperante se incrusta la noción de perdón. Aparece como la aplicación de un poder exorbitante cuya puesta en funcionamiento surge de circunstancias anodinas. La visita de un rey o un Papa. La conmemoración de una efemérides. O se plantea por políticas de generosidad o conveniencia cuando se discute sobre la paz y la guerra.
La vida cotidiana está llena de aplicaciones del perdón: quien en el bamboleo del bus pisa al vecino, de pie o sentado, y pide perdón. Si no lo pide, el adolorido dirá en voz alta y de reclamo, menos duro pisó Colón y todo su batallón. O se negará a conceder el perdón y recordará a la madre y la abuela de quién le estropeó el brillo del zapato y le dejó adolorido el empeine. Se darán golpes de verdad o gritos.
O los enamorados en falta pagarán con flores y boleros la multa por el perdón. O sufrirán abandono. O la reparación igualitaria que aplicada por las mujeres se acerca al rencor. Es conocido el caso de aquel hombre de frontera que se encaprichó con la princesa humilde, de canela sudorosa, que ayudaba en los servicios domésticos. Le regaló un ciento de pantaletas negras, amarillas, rojas. La esposa decomisó el obsequio y las colgó en cuerdas que iban desde el antejardín hasta la cocina. La casa: un barrio en fiesta.
Por esto y más, nadie entiende que los políticos de hoy, los genocidas, tan planos y sin imaginación, les haya entrado la ventolera de ponerse como fariseos a pedir perdón por lo que llaman sus errores. Como si el Estado no hubiera previsto las formas de su castigo. El deplorable asunto lo inauguró por acá Antanas Mockus. Puede fundar un internado. No daré perdón hasta que el juez lo autorice. Es ridículo.

*Escritor

rburgosc@postofficecowboys.com

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